¿Qué tiene de especial la impronta ambiental de la agricultura argentina?

¿Qué tiene de especial la impronta ambiental de la agricultura argentina?

Mientras la huella del sector agrícola en la naturaleza se hace cada vez más profunda, Esteban Jobbágy, docente de la FAUBA y la UNSL, brinda su visión de los aspectos clave para generar sistemas de producción más productivos y sustentables.

A partir de la primera mitad de los 2000, el consumo global de granos sufrió un aumento sin precedentes en la historia, impulsado por una población que crece y, además, come más productos animales. Hoy, la Argentina es uno de los principales países exportadores de soja gracias al aumento del área cultivada y de los rendimientos en la llanura Chaco-Pampeana. ¿Cuáles son las huellas de este proceso en el ambiente? ¿Es la misma impronta que tiene la agricultura en todo el mundo? ¿Cómo se puede mejorar la sustentabilidad de nuestros agroecosistemas? Esteban Jobbágy, profesor de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) y de la Universidad Nacional de San Luis, brinda su visión acerca de la impronta de la expansión sobre la naturaleza y señala aspectos clave para generar sistemas más productivos y sustentables.

“Al intentar sintetizar las marcas que los sistemas agrícolas del mundo dejan en el ambiente, en particular los de producción de granos, sorprende ver que en la Argentina, sistemas de cultivo en principio parecidos a los de otros países productores de granos —EE.UU., Europa, India y China, entre otros— impactan en la naturaleza de formas muy distintas. A menudo, lo que colectivamente sabemos del tema se tiñe con el aporte de redes y medios que sugieren una huella global común para la agricultura. Pero nuestros sistemas agrícolas tienen características propias que es fundamental comprender si los queremos mejorar”, afirmó Esteban Jobbágy, docente del Departamento de Métodos Cuantitativos y Sistemas de Información de la FAUBA e investigador del CONICET.

Jobbágy destacó que la Argentina —junto con Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia— se transformó en ‘granero proteico del mundo’ produciendo la soja que hace posible el creciente consumo global de aves y cerdos. “¿Cómo fue que lo logramos? —se preguntó el investigador—. Por un lado, en las últimas tres décadas triplicamos el área agrícola; por el otro, los rendimientos por hectárea también crecieron en casi un 60%, lo que totaliza cerca de 5 veces más producción. En el mundo hay poquísimos ejemplos de un aumento de tal magnitud. Desde lo ambiental, la expansión del área cultivada desplazando bosques y otros ecosistemas es el tema más discutido, pero representa sólo una parte de los impactos en el ambiente”.

“A mi modo de ver, en los mayores ‘graneros del mundo’ existen dos formas de hacer agricultura según la cantidad de insumos y la estrategia productiva que se persigue. Los países que mencioné antes apoyan el riego y la fertilización de alta intensidad, incluso bajando el precio de la electricidad para el agro, como hace la India, buscando maximizar la producción total. A esta forma la llamo opulenta, y aclaro que no tiene nada que ver con la forma de vida de sus sociedades”, dijo Jobbágy, y añadió. “A la forma de producir en la Argentina me gusta llamarla mezquina por el mínimo nivel de insumos que usamos, que busca reducir los costos y riesgos de la producción antes que maximizarla. También debo aclarar que no me refiero a la forma de ser de los productores, sino al sistema de producción”.

“Una de las formas de achicar costos es fertilizar poquito, y una forma de fertilizar poquito es usar una leguminosa como la soja —que fija nitrógeno de la atmósfera—, no regar y tratar de vivir de la lluvia y de la fertilidad del suelo mientras se pueda. Así funciona nuestro sistema”, explicó.

Impactos ambientales de una forma distinta de producir

Jobbágy señaló que la baja fertilización de la Argentina tiene una contracara para el ambiente. “Aunque la soja, nuestro cultivo principal, no necesita que apliquemos nitrógeno porque lo captura del aire, sí requiere fósforo del suelo. Y así como la India posee la pérdida de agua subterránea más alta del planeta debido al riego, nosotros tenemos la pérdida más grande del mundo en cuanto a fósforo del suelo”. Esteban agregó que de esta manera, los suelos disminuyen su capacidad productiva campaña tras campaña. Nuestro sistema todavía lo permite, pero la fertilidad se está reduciendo a una velocidad preocupante.

Foto Andrés Perez Moreno / Grupo de Estudios Ambientales

“Una de las caras más interesantes de esta forma de producir que yo llamo mezquina es lo que le pasa al agua. Así como la India, China y EE.UU. están consumiendo agua subterránea más allá de la capacidad de renovación, la Argentina tiene un sistema agrícola que apuesta a un uso conservador del agua de lluvia, buscando una mayor seguridad ante sequías. Como resultado, nuestros sistemas generan excedentes muy grandes —‘sobra’ agua—, y esta es una de las razones por las que las llanuras de la Argentina se inundan cada vez más”.

“El uso conservador del agua se apoya en el alto uso de herbicidas, pilar fundamental de la agricultura bajo siembra directa, particularmente cuando se apuesta a un solo cultivo al año. Hay que aplicar herbicidas repetidamente para que las malezas no le ‘roben’ el agua a ese cultivo, y así nos fuimos transformando en los campeones mundiales de la aplicación de estos agroquímicos. Ningún otro granero del mundo usa tanto como nosotros, ya sea por tonelada producida o por hectárea. De hecho, EE.UU. emplea entre 3 y 4 veces menos. Y es probable que este sea el punto más sensible para la sociedad”, puntualizó Esteban.

Según Jobbágy, cada vez más personas visualizan con temor el uso de agroquímicos y, además, descreen que la renta que genera la agricultura se traduzca en el bienestar del pueblo. Mientras la población argentina se concentra mayormente en las ciudades, la fracción vinculada al quehacer agropecuario decreció notablemente porque la agricultura está cada vez más automatizada y concentrada en menos productores. Los agentes que trabajan de forma directa en la producción agrícola decrecen año a año, y una consecuencia de esto es que la fuerza del vínculo de la sociedad argentina con el sector va perdiendo el vigor de antaño.

Más puentes y menos grietas

“Hace 150 años, la agricultura representaba el 90% del PBI global. Hoy es apenas el 3%. La producción agrícola se volvió invisible en la economía y en la cultura. En aquellos tiempos, casi cualquier persona que te cruzabas caminando por ahí era agricultor o estaba cerca de la actividad. Los pueblos de la gran llanura pampeana eran de agricultores, pero dejaron de serlo, perdieron el vínculo con la actividad y hoy ven en la agricultura más una amenaza que un modo de vida. Por ejemplo, visualizan con temor a los agroquímicos y desconfían de que la renta que genera la agricultura regrese en obras y servicios al pueblo. Esto, obviamente, tiene aspectos técnicos, económicos y, sobre todo, políticos”, afirmó el docente.

“Quienes somos agrónomos y trabajamos en los sistemas agrícolas tenemos mucho que hacer para tender puentes y lazos, y que la gente se interiorice más de cómo funcionan los sistemas agrícolas, de los problemas ambientales que generan y de las formas de amortiguarlos. Aunque es importante estar al tanto de los impactos globales de la agricultura, más importante es saber que los sistemas agrícolas de la Argentina tienen una característica propia y una razón de ser muy particular. Son así por una historia extractiva de siglos. Ojalá que podamos pedirle a la agricultura que produzca un poco más y que, a la vez, sea mucho mejor con el ambiente. Para eso tenemos que conocerla mejor, aquí, en casa”, sostuvo Jobbágy a modo de cierre.

(SLT-FAUBA)- Por: Pablo A. Roset

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