El dulce encanto de la memoria: Amor de juventud

El dulce encanto de la memoria: Amor de juventud

¿Ella donde andará?

Tal vez aún me recuerda

Un día se marchó

Y jamás volví a verla

Pero cuando oscurece

lejos se escucha una canción

Vieja música que acuna

Viejas palabras de amor

J.M. Serrat

Igual que Serrat usted escribió (o sólo las pensó) palabras de amor. Tal vez el temor al ridículo, la timidez o parecer cursi dejaron ese papel en un escritorio lejos de las miradas ajenas. Tal vez hoy, ya hombre (o mujer) recuerda esos ojos, esos labios, o aquello que lo enamoró. Esos primeros sentimientos en esos primeros años nos marcan y vienen con nosotros en esa mochila imaginaria. Esa mochila es lo que realmente somos: lo que ocultamos al mundo. Ese joven de 15 años está y es, de seguro, nuestro gran capital, y tal vez el sentido de todo lo que vino después. Déjeme que brinde por ese joven que lleva adentro, por la feroz lucha que llevó adelante para ser fiel a sus sueños en un mundo de pequeñeces, déjeme que brinde por el esfuerzo de mantenerlo vivo en tantos momentos difíciles. Yo, como usted, llevo mi mochila que no pesa tanto (creo) y la que me indica quien soy.

Digo todo esto porque decidí anclar en la juventud; dediqué mi tiempo de profesor a los alumnos del secundario y soy un testigo de innumerables historias de amor, de papelitos con mensajes en los bancos, de miradas furtivas  y de sonrisas cómplices. Yo decidí que ese fuera mi escenario profesional y no se me escapa lo que a usted, ya devenido en señor mayor o señora, le pasa.

Hace unos días debí visitar San Juan, y una noche en un restaurante cercano al centro cívico, mientras cenaba, en una mesa vecina  repleta de ex alumnos de una escuela secundaria  cuya promoción debía datar de cuarenta años atrás,  observé y disfruté que el trato entre ellos tenía esa ternura de su juventud, -la de usted y la de ellos- un vínculo distinto a los que se establecen en los otros ámbitos de la vida (tal vez en los clubes suceda algo parecido).

Caminé las cuadras de regreso al hotel reviviendo viejas promociones que pasaron por mi vida, recordé los fuertes lazos de amistad y además los romances. Sé que muchos, después de quedar otra vez solos se buscan y arman parejas tardías con amores tempranos. Tal vez los que propician las políticas educativas puedan sostener que la función de la escuela es hacernos seres sociables y amorosos; me cuesta creer que las máquinas reemplacen a los profesores y la soledad al grupo. Lo que mejor hace la escuela es darnos amigos, así de sencillo. El conocimiento que es valioso se aprende, el amar a los pares y formar parte de un grupo es primera necesidad: también se aprende. Finalmente la escuela es un lugar de encuentro, ese es su mayor aporte social, allí aprendemos a ser personas. Esta idea no se contradice con la exigencia y la calidad en los aprendizajes, por el contrario la solidaridad y el vínculo ayudan a aprender.

Hoy lo invito a que haga su propia memoria, la que yo no conozco, sus amigos, sus picardías, transgresiones, amores… en fin hoy usted tiene el protagonismo, usted tiene …  el dulce encanto de recordar. 

¿Ha visto?

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Revista OZ

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