Opinión: Foucault y el retorno a la “sociedad de vigilancia”

Opinión: Foucault y el retorno a la “sociedad de vigilancia”

¿Sigue vigente Foucault? Creo que sí. Hoy más que nunca. Pero también creo que a menudo, como todo, se lo malentiende y se lo saca de contexto. La polémica reciente acerca de la liberación de las personas en situación de encierro por los sistemas penales contemporáneos dejó al descubierto, una vez más, una deficiente lectura del filósofo francés: por no decir, malintencionada.

No obstante eso, contrario a lo que últimamente se creía, que la sociedad digitalizada funcionaba con nuevos paradigmas de dominación, es decir, que en el presente, lo que llamamos vigilancia social pasó a ser “control informacional”; el rumbo que está tomando el mundo a razón de esta presente pandemia dejó entrever que su reflexión sobre la permanencia del “vigilar” aún sigue viva. Asimismo, el “Big Data”, será un nuevo y eficaz instrumento para ello.

En su obra “Vigilar y castigar”, Foucault, no estudia necesariamente a la prisión (aunque sí la toma como ejemplo disparador), sino que analiza el poder omnipresente que está detrás de las instituciones en sí. De la misma manera que estudia a la escuela, a la religión o al hospital. Reflexiona sobre la manipulación primaria del cuerpo como objeto que se vigila por una serie de representaciones simbólicas artificiales.

En una conversación con Noam Chomsky, donde discutían precisamente sobre el poder, se ven las concepciones originales de Foucault a este respecto. Mientras Chomsky analizaba el poder en sentido negativo, como una coacción de los gobiernos sobre los ciudadanos; Foucault, además de esto, lo veía como algo positivo, es decir, lo que el poder produce como condición en el sujeto.

Según Foucault, las prisiones, como las conocemos en la actualidad, son instituidas recién en el siglo XVIII (aunque entre los egipcios y los romanos el concepto de la cárcel ya existía). La idea que presenta del poder, es lo que llama “representación de la subjetividad”, la vigilancia, constituye a sujetos dóciles, que a través de subyugar primero sus cuerpos se domina después también sus mentes y se crean criterios consensuados de normalidad. De allí que se hable del loco o del homosexual y de cómo el poder determina lo qué es normal y lo qué no. La mayoría de los presos, ellos mismos se encasillan en ese papel alimentado por sus actos, y luego, la sociedad, los legitima como delincuentes. Es difícil salir del encierro conceptual, sea propio o sea dado por un otro.

Más allá de esto, la lectura de Foucault, se está tornando de una asombrosa actualidad. No me refiero al problema de las prisiones como pena jurídica, necesariamente, sino al momento de encierro que estamos viviendo todos como sociedad, de nuestra “prisión domiciliaria”, en está imposible cuarentena. Donde la pulsera electrónica que comúnmente se utiliza para estos casos va a pasar a ser una aplicación de celular geolocalizada.

El libro de Gilles Deleuze y Félix Guattari, “Mil mesetas”, analiza, entre otras cosas, la “vigilancia” en Foucault. Reflexiona que ahora las estructuras se reforman y adquieren nuevas configuraciones, a tal punto que lo que se conoce como “sociedad de vigilancia” se resinifica, dentro de nuestra informatocracia, en una “sociedad de control” o “sociedad de auto-control”. Para Deleuze y Guattari, la tecnología, la digitalización del mundo, construye una realidad alterna que acumula datos e información a una velocidad increíble, y a raíz de esto, surgen nuevas situaciones de dominio. Por ejemplo, la descentralización del empleo, permite que ahora sea posible realizar tareas desde el hogar. Lo que produce que el sujeto sea controlador de sí mismo. Según Byung-Chul Han esto es un tipo de “panóptico invertido” (ya no me vigila un otro sino mi propia subjetividad es vigilante de mí mismo) y de esta manera aparece un nuevo tipo de alienación auto-infligida.

Hoy, durante esta pandemia, y con más de la mitad del mundo en “prisión”, surge pensar si Deleuze, Guattari o Chul Han no se han quedado un poco en el atraso. En el sentido que ahora, a través del pánico, han logrado dominar nuestros cuerpos, y la sociedad de vigilancia no solo retorna sino que parece surgir con nuevos bríos. Ubicua. El hecho que el vecino me denuncie, o yo denuncie al vecino “para cuidarlo”, “para cuidarme”, es la lógica “ética” que ha encontrado esta nueva sociedad de vigilancia como razón, exacerbando nuestras mentes a través de los medios de comunicación. La aplicación “Cuidar” (varios Estados democráticos ya han implementado instrumentos digitales semejantes), con nuestra ubicación en tiempo real, el control de nuestros síntomas a través del número de nuestro documento, la imposibilidad de guardar nuestra privacidad, hace que aún en países que se decían democráticos y liberales la sociedad de la vigilancia esté más activa que nunca. Y la tecnología que construía el sentido del autocontrol sea ahora funcional en una nueva forma de bio-autoritarismo sanitario: es una dictadura subliminal donde el coronavirus sirve de excusa para llevar a cabo una mayor acumulación de nuestros datos y una invasión impensada a nuestras vidas.

El interrogante que nadie sabe todavía es: ¿qué harán después con todo lo que saben de nosotros?.

Revista Oz

Sergio Fuster, colaborador de Revista OZ, es Teólogo, filósofo, ensayista y escritor.

 

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