Opinión: Covid-19, cuando el “miedo” es el mensaje

Opinión: Covid-19, cuando el “miedo” es el mensaje

Mientras Descartes solo estaba seguro de que él estaba pensando que pensaba, y anteriormente Sócrates, solo estaba seguro de que lo único que sabía era que no sabía nada; nosotros, sujetos condicionados por la fe incondicional en la religión comunicacional, no solo somos pensados por los medios de información, sino que tenemos la secreta intuición que tampoco sabemos “casi nada”.

Michel Foucault, citando a Nietzsche, dijo en una ocasión: “No existen hechos, solo hay interpretaciones”. Acuerdo solo en parte. Creo que los “hechos existen” y también sobre ellos se “construyen interpretaciones”.

Por ejemplo, la enfermedad que nos mantiene preocupados es un “hecho”, existe, y desde ya no hay que restarle importancia, pero también existe una “interpretación” mediática sobre ella. Un relato. Y aquí podemos ya ensayar un breve análisis desde el sentido común. 

Hay una realidad curiosa para ser pensada: las estadísticas dicen que en el 2019 había un poco más de siete mil millones de habitantes en el mundo. El Covid-19 infectó, hasta ahora, a más de tres millones, matando a un porcentaje muy reducido de ellos. ¿Se justifica el cierre del mundo? ¿Hubiera habido tantos muertos si realmente los sistemas de salud hubieran sido eficientes con un personal sanitario preparado? ¿Es este virus tan temible en su mortalidad o solo fue visibilizado para no admitir que los Estados no han invertido lo suficiente en sus sistemas de salud? ¿No será el pánico la verdadera pandemia? ¿No hay otras enfermedades mortales aparte del Covid-19? ¿Ya nadie muere por cáncer, ACV, infartos, suicidios, delitos, femicidios? ¿Qué pasa con nuestra capacidad crítica? ¿Se justifica parar la economía mundial para salvar la ineficiencia de los líderes políticos y de la Organización Mundial de la Salud? ¿No muestra esta pandemia que los Estados han vaciado el dinero de sus contribuyentes en beneficio propio en vez de invertir en el bienestar común? ¿Qué mensaje nos deja todo esto?

 

El filósofo canadiense Marshall McLuhan, que pensó los medios de comunicación, supo bien decir que “El medio es el mensaje”. ¿Qué significa esto? Lo que quería explicar es que el poder de los medios de comunicación no se limita solo al contenido de la información, sino a que esta es activa en la modificación y en el funcionamiento de las relaciones humanas, y como a partir de la fe en ellas, construimos una imagen del mundo que condiciona nuestras percepciones, y por ende, nuestras acciones.

La televisión, las computadoras, los celulares, entre otros soportes, son aparatos (“cuerpos” o extensiones de nuestro ser) receptores de señales que viajan en tiempo real por todo el mundo en red, cuyo dictamen es omnipotente, omnisciente y omnipresente. Funcionan como un tipo de absoluto último, como “palabra” sagrada de un nuevo tipo de deidad, el Dios digital. Lo que sintonicemos mediante estos soportes hace que recibamos una interpretación de lo que ocurre ya construida, y que a través del miedo, nos impongan una realidad por medio del enfoque hegemónico de la pupila del ojo del “Gran hermano”.

George Orwell en su obra “1984” ya nos advertía del poder de los “miedos” (es curioso que la palabra “miedos” tenga las mismas letras que “medios”). Dijo en su distópica novela: “El individuo se transforma en masa, se agrupa y cede su criterio y su libertad a un líder que tome sus decisiones por él”. De ese modo “quiebran la consciencia del ciudadano” y a través de inculcarle miedo “hacen lo quieren con él”. ¿No nos hemos preguntado con qué facilidad han sido capaces de encerrarnos sumisamente y convertirnos en denunciantes de otros? ¿Con qué simpleza dominaron nuestros cuerpos? ¿Con qué velocidad han desquebrajado al capitalismo impuesto después de la Segunda Guerra Mundial?

Foucault, en “Vigilar y castigar”, nos ilustra el paradigma con el ejemplo del soldado. Para poder dominarlo, lo primero es someter su cuerpo, uniformarlo, diluir su corporalidad en la corporalidad del grupo, y eso condiciona luego el control de su mente al inculcarle una ideología ya construida.

Una vez logrado esto, a través de la propaganda, se les puede hacer creer lo que las autoridades quieran: como por ejemplo que deben morir por la Patria, cuando en realidad, van al matadero por oscuros intereses políticos. Si el soldado pensara por sí mismo, ¿no se negaría a matar a un “Otro” desconocido? ¿No tendríamos un mundo más pacífico? Según Primo Levi: “En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir retrospectivamente la historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdades, agregar las falsas”.

Con relación a la presente pandemia, al igual que Descartes, no estamos seguros de nada. Y como Sócrates, tampoco sabemos casi nada. Pero lo que sí vemos es que se ha parado el mundo y han sometidos nuestros cuerpos a través del motor del aparato propagandístico que solo inyecta pánico. No permitamos que nos quiten la posibilidad de preguntar. Que no adormezcan nuestra capacidad crítica de dudar. Ya que en esta pandemia, más allá de todo lo que se dice y opina, el “miedo” pasó a ser el mensaje.

Revista Oz

Sergio Fuster, colaborador de Revista OZ, es Teólogo, filósofo, ensayista y escritor.

 

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