La mitología del coronavirus

La mitología del coronavirus

En estos últimos tiempos, el tsunami de híper-información que inunda nuestras mentes, es realmente alarmante. En tan solo veinte años la humanidad ha acumulado más datos que en toda su historia. La inmensa cantidad de algoritmos que están disponibles crea justamente un efecto inverso: la híper-desinformación. Esto incluye la “posverdad” del coronavirus. Estructura que ha forjado alrededor de esta crisis una incipiente mitología. Posverdad y mito terminan siendo casi lo mismo. Rumores. El mito se legitima por fe, sin ningún cuestionamiento. No hay pensamiento crítico. No hay chequeo de ningún tipo.

El problema al que nos enfrentamos es grave: las “fakes news” están siendo dadas por los mismos organismos oficiales. Y esto sí es preocupante. A tal punto que sobre esta pandemia, y quiero hacer énfasis puntualmente en este caso, no sabemos certeramente casi nada.

 

Mientras la Organización Mundial de la Salud (OMS) juega el papel de “bomberos pirómanos”, por pánico, intereses propios o por deficiencia, lo cierto es que ha sido protagonista de todo tipo de contradicciones. Asimismo los médicos mediáticos, que en el papel de “filósofos”, han convertido a un virus en una “idea platónica”. Inespecífica. Ininteligible. Suprasensible. Demoníaca. Casi fantástica. La realidad es que más allá de la situación presente estamos imbuidos en una filosofía de la desorientación. Y toda desorientación crea pánico.

Los amigos de las teorías conspirativas especulan con un sinfín de ideas disparatadas. Entre otras cosas, piensan que es un virus de laboratorio soltado para un control malthusiano de la población (cuyas vacunas inyectarían un “chip” con “nanobots” para esterilizar a las personas) y que a raíz de esto traerán el tan temido apocalipsis.

La realidad es que los seguidores de tales teorías no entienden que ellos, al igual que todos nosotros, estamos siendo víctimas de las mismas “posverdades”, y al no soportar la incerteza, todos —quien más, quien menos—, pretendemos comprender la situación tratando de explicarlo todo bajo una sola cosmovisión. El error epistémico es que los mitos no pueden llevarse al campo de lo real, siempre son existenciales, no hay mitos biológicos, sino tendríamos que creer en una existencia postmórtem de “algo vivo” de origen orgánico; y eso es un absurdo. Quien sepa un poco de geopolítica se dará cuenta de que el planeta es mucho más complejo de lo que a simple vista los seguidores de las conspiraciones creen.

 

En definitiva, todos, por una razón u otra, estamos atravesados por la mitología del coronavirus. No sabemos casi nada. Si está en el aire tres horas o cinco minutos. No sabemos a ciencia cierta cuáles son los síntomas, ya que cada día se inventa algo nuevo. ¿Cómo puede ser posible que asintomáticos contagien? ¿Cómo puede uno ser portador de un virus “tan mortal” y a pesar de ello nunca darse cuenta? ¿Quién lo ha testeado? …¡Nadie!

De lo único que podemos estar seguros es que estamos encerrados por un absurdo. Vigilados y castigados. Nos dicen que hay cerca de cuatro millones de infectados en un mundo con siete mil millones de habitantes. Pero hay un millón doscientos mil recuperados ¿Están restados? En ese caso siempre la cifra sería menor. Nunca crecería exponencialmente. Los matemáticos llevan sus curvas del pizarrón a un terreno sociológico. Y eso es un error. El mapa nunca es el territorio. No tienen en cuenta que a cuantos más contagiados más recuperados.

Lo cierto es que siempre la gripe mató. Un simple resfrío puede ser mortal para una persona inmunodeprimida. Sin embargo por ello nunca se cerró el planeta. No obstante esto, el ejercicio de la vigilancia parece ir más allá. Es interesante ver como les gusta a los políticos tenernos en el encierro —mientras liberan delincuentes por las mismas justificaciones—, ya que eso crea una sensación muy seductora de poder y oculta los agujeros de gestión.

Recurren a una práctica mítica y ancestral como es una cuarentena (En el Génesis bíblico Dios puso en cuarentena a Noé cuando trajo el diluvio universal) para tapar la crítica situación sanitaria mundial. Los Estados han vaciado el área de salud (tal fue el caso de Italia) y han privatizado sus sistemas (tal es el caso, entre muchos otros, de Estados Unidos), de tal manera que hoy no pueden hacer frente a una gripe mediática; una gripe en la que todos, por pánico o ineficacia, ante el menor síntoma son discriminados. Que lleva cuenta de sus casos y de sus víctimas fatales en tiempo real por “cadena nacional”. Una histeria colectiva. Una gran locura en la que nuestro tecnificado y digitalizado mundo ha caído.

Estamos asistiendo a una psicosis paranoica en la época contemporánea, que está enraizada, más de lo que se cree, en el mito y en el pensamiento mágico. Pero no es chiste. Junto con este juego, espero inocentemente, que los Estados impongan algo de cordura. Que estén conscientes que, para perjuicio de todos, están precipitando una pandemia socio-económica y política de proporciones pocas veces vista: algo así como un “economicidio”. Y esta pandemia mata en serio.

Revista Oz

Sergio Fuster, colaborador de Revista OZ, es Teólogo, filósofo, ensayista y escritor.

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