El dulce encanto de la memoria: Robustiano Paredes, soldado de la independencia

El dulce encanto de la memoria: Robustiano Paredes, soldado de la independencia

Yo soy Francisco Muñiz, médico, nacido el 21 de diciembre de 1795 en los pagos de Monte Grande. Fueron mis padres Alberto Muñiz y Bernardina Frutos. A los once años ingresé en el Regimiento de Andaluces como cadete, para  cuidar la ciudad. Tuve mi bautismo de fuego en 1807 en la segunda invasión inglesa, en los corrales de Miserere: allí fui herido en la pierna por una bala. Estudie en el colegio de San Carlos, después en el Instituto Médico Militar y trabajé con Cosme Argerich, formándome como cirujano de guerra y me gradué en Medicina en 1822 en la Universidad de Buenos Aires.

Fui cirujano del Cantón de la Guardia de Chascomús al mando de Juan Lavalle y lo acompañe en los combates de Sauce Grande y Toldos Viejos. En este tiempo estudié los aspectos etnográficos de los aborígenes y su cultura. En  1826 fui llamado a participar de las fuerzas del Gral. Alvear en la Guerra contra el Imperio del Brasil. Obtuve el grado de Teniente Coronel y el General Lucio Mansilla me dio los honores del Escudo de la República por la batalla de Ituzaingó. Allí curé al Gral. Lavalle de una herida de bala. En 1828 me casé con Ramona Bastarte y fuimos a vivir a Villa de Lujan, fui allí médico de la Policía durante 20 años.

En la emblemática batalla de Caseros, en 1852, organicé la provisión del material médico necesario para la asistencia de los heridos en combate.

Fui elegido convencional para proponer reformas a la Constitución Nacional de 1853, fui senador provincial en Buenos Aires y en 1861 diputado nacional, y nuevamente senador en 1863.

En mis años de médico del ejército fui testigo de la locura de la guerra, viendo el dolor extremo, amputaciones en el campo de batalla, muertes de jóvenes inexplicables por la falta de preparación y toda clase de sinrazones. Por ello vengo hoy a hablar sobre el soldado de la independencia. Muchos me han confirmado que entraron en las milicias como voluntarios, pero en realidad lo hicieron mediante las levas o reclutamientos forzados en los cuales había desde chicos de 12 años hasta ancianos.

Podían ser unitarios o federales, guardias nacionales, tropas de algún fortín de  Rosas o Lavalle o combatir a los indios en cualquier lugar del territorio nacional. Muchos fueron desertores y se los volvía a enganchar cuando se los necesitaba. Los que no mueren en combate y llegan a viejos terminan como enfermos crónicos, se los da de baja sin derecho alguno a pensión.  Al estar tantos años en el ejército ni familia han constituido y la patria los deja  en situación de abandono.

Los Paredes naturales de los pagos de Chascomús son un ejemplo de lo que quiero decir, Martiniano el mayor perdió la conciencia de la realidad y totalmente enajenado murió joven en un hospital de Buenos Aires, un tío de estos en la ancianidad terminó mendigando en el Tuyú para poder sobrevivir y el capitán Robustiano Paredes, a quien conocí en la defensa de las invasiones inglesas, teníamos doce años: era bravo y aguerrido. Cuando fui herido en ese combate él me sacó de una bayoneta inglesa,  me apoyó en un árbol y buscó ayuda. Nos cruzamos en el 19 para sofrenar a los indios en Chapaleufú. Estuvo en otras redadas de indios en la Sierra de los Huesos y en el 27 formó parte de la Guardia de Tandil. En el 28 con grado de Teniente participó en la guerra al Brasil.

En el 35 en una comisión tomó prisionero al cacique Toriano y recuperó haciendas y cautivas. En el 39 participó de la expedición al mando  de Francisco Iturra a Salinas Grandes.

En ocasión de llegar por mar a Bahía Blanca visité a los soldados de la frontera y lo encontré, sumamente envejecido, delgado y cabizbajo. Se alegró de verme. Allí me dijo que estaba prisionero de la bebida, no tenía familia ni nada, vivía  en los fortines y la paga se la bebía.

Perdió los pocos amigos en combate, no pudo llorarlos: la guerra mata las emociones. Estos son los soldados de nuestra patria, me conmueven sus vidas. Son utilizados para justificar las bravuconadas de ricachones y ambiciosos. Su vida es igual a la del indio al que persigue y mata. Una sucesión de sinrazones que vengo a denunciar.

Robustiano cansado de la vida que llevaba un buen día aceptó llevar animales al Chile y al no tener los permisos y frente a su necesidad se hizo desertor. Un tiempo después la milicia lo encontró y lo apresó. Como era común en la época decidieron la pena de muerte. El capital Leiva fue el encargado de cumplir la sentencia. Él me contó que Paredes pidió permiso para afeitarse, se lustro las botas, limpió el uniforme, rechazó le taparan los  ojos, con simple dignidad y sencillo sentimiento de patria, mirando al grupo  y con voz de mando gritó:

¡Cumplan la orden soldados!

Revista OZ

Eduardo Agustín Gil es colaborador de Revista OZ, escribe la columna ¨El dulce encanto de la memoria¨. Profesor de Historia, Lic. en Educación de UNSAM, Master en Museología en España, escritor de obras de teatro, cine, cuentos y novelas.

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