Sarmiento, el hombre que controlaba el tiempo

Sarmiento, el hombre que controlaba el tiempo

Son épocas estas donde el hacer halla en el tiempo su obstáculo más entusiasta. Hacemos cuanto podemos, podemos cuanto nos da el tiempo. Por eso el hacer se ha convertido en nuestro barómetro de vitalidad, en la condición de los recuerdos. Los políticos, por ejemplo, lo usan como herramienta para avalar su gestión y así lograr que los reelijan. Las personas lo pensamos más en términos del día a día, del mes a mes, para en el ocaso del año sentirnos conformes o insatisfechos. Pero algo es seguro: el tiempo limita el hacer, es una carrera contra reloj, una pulseada a la muerte. Justamente un día como hoy, el 11 de septiembre de 1888, moría Domingo Faustino Sarmiento, el hombre que hacía.

La principal hipótesis para explicar su multifacético hacer es que Sarmiento podía controlar el tiempo. No es que queramos dar explicaciones fantásticas, pero a las pruebas nos remitimos. ¿Qué otra explicación cabe? ¿Cómo es posible que alguien logre, en una vida, ser escritor y filósofo, periodista, político y militar, estadista y cosmopolita, marido y amante, padre y referente, masón y educador, legislador y líder? La respuesta es inequívoca: Sarmiento controlaba el tiempo.

La mejor prueba de su hacer inagotable es que las peripecias de su vida no caben, siquiera, en el número de caracteres que dispone esta nota, limitada, como todo, por el tiempo. Lo que si se hará es rescatar algunos haceres, sólo un puñado, desordenados y con ligereza; se le pide al lector que con cada uno deduzca el tiempo que demanda llevarlos a cabo, y verá, al fin, que tan acertada es la conjetura de que Sarmiento hacía del tiempo su antojo: Fue presidente, minero, maestro rural, padre adoptivo, general de división, escribió “El Facundo”, gobernó San Juan, emigró a Chile, fue profesor, creó el periódico El Zonda, viajó a Europa, se casó, fue deportado, miembro de la logia masónica, fue Ministro, creó escuelas, catedrático en Universidad de Chile, vivió en Estados Unidos, fue senador, ensayista, viajó a Paraguay, fundó diario El Censor, creó la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, también fue concejal, y aquí se han acabado las comas que podrían haber continuado dividiendo haceres por infinitos renglones. 

Sobra el espacio justo para seguir descubriendo la verdad de este hombre, Domingo Faustino Sarmiento, que no era Domingo en realidad, al menos no es el nombre que figuraba en la partida de nacimiento. Como pasó con nosotros, confiamos que este detalle sea suficiente para que el lector, cuando termine la lectura, crea en el poder de Sarmiento. Porque ahora no hay espacio para las dudas, es evidente que los conocedores de su secreto le imprimieron Domingo en el nombre para decir que, al menos allí, se hizo tiempo para tomar descanso.

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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