Literatura: Tal vez

Literatura: Tal vez

Imaginemos una historia de ciencia ficción. Una de esas que describen un futuro caótico, complejo, post-apocalíptico.
Elijamos una causa.
¿Qué tal un holocausto nuclear con un cielo lleno de hongos atómicos y el aire repleto de radiación?… No. Con el fin de la Guerra Fría ya no asusta nadie. No es realista.
¿Una invasión extraterrestre? Parece muy trillado y asusta menos que la guerra nuclear. ¿Se imagina alguien a una especie alienígena avanzada cruzando decenas de miles de años luz de distancia sólo para venir a conquistarnos?
Podría ser un meteorito del tipo que mató a los dinosaurios… Es colosal, total, incontrolable. Garantiza la casi segura destrucción de nuestra especie y gran parte del resto de la vida animal y vegetal del planeta. Pero hay un problema de escala. Escapa tanto a nuestras dimensiones que ni tenemos medios realistas para enfrentar la amenaza. Solo podríamos esperar su arribo y preparar refugios, búnkeres para que sobrevivan algunos pocos elegidos.
Una buena historia tiene que tener un foco de resistencia. Intentos, aunque sean desesperados de eliminar la amenaza. Por eso el meteorito no sirve, salvo en las grandes producciones de Hollywood.
¿El fin del mundo maya? Descartado. Ya pasó sin novedades.
Tenemos dos alternativas: el cambio climático, o una enfermedad letal. El cambio climático existe, está comprobado. Pero no es repentino. Hace años, décadas que se sabe que existe, se estudian sus efectos, pero recién ahora estamos comenzando a ver alguna de sus consecuencias. Pueden pasar años antes de apreciar grandes cambios.
En cambio una enfermedad que se extienda como pandemia, incontrolable y silenciosa por el mundo, podría pasar inadvertida al principio y es factible. Nuestra Historia lo avala: la Peste Negra, la Gripe Española y todos los brotes de gripe posteriores, incluso en el siglo XXI.
Supongamos, pues, que esta enfermedad se transmite por un agente de difícil detección y control. Microscópico. Una bacteria. O mejor un virus porque hay algo más siniestro, más mortal, en la idea de un virus.
Siguiendo con la suposición para esta novela, el virus debe tener un origen misterioso en una región exótica: alguna parte del África negra, un área profunda de la selva amazónica, algún atolón perdido del Océano Pacífico o un mercado de animales del Lejano Oriente.
El virus, entonces, comienza en ese lugar recóndito. Al mundo no le importa mucho mientras está contenido, aislado, en su lugar de origen.
Sin embargo, al cabo de un tiempo, pueden ser semanas o meses, pasa algo que desata el miedo y la paranoia: el mal alcanza zonas densamente pobladas de Europa, Estados Unidos y Australia. Y con ello la constatación de su virulencia, de la rapidez y facilidad que tiene para contagiar, para expandirse de persona en persona, de afectado a no afectado. Encima que es prácticamente indetectable resulta ser altamente contagioso, y presenta un índice de morbilidad varias veces superior a cualquier tipo de gripe anteriormente conocida.
Para empeorar todo, no existe cura ni tratamiento efectivo conocido.
Supongamos, entonces, que la única forma de detener la propagación meteórica de la enfermedad es aislándonos. Dejar de realizar las actividades sociales a las que diariamente estamos acostumbrados, desde ir a trabajar hasta reunirnos a comer un asado o festejar un cumpleaños. Se suspenden las clases, en las oficinas se establecen guardias rotativas, empresas cesan sus actividades, los gobiernos anuncian diariamente la evolución en la cantidad de contagiadas, mientras sacan resoluciones, decretos y leyes conminando a las personas a que se queden en sus hogares, y finalmente comienzan a aplicar leyes marciales y toques de queda.
Todas las actividades cotidianas, o que asumimos como tales, se paralizan, quedan en suspenso. Prácticamente no se puede salir de la casa. Ni para ir a trabajar, ni a estudiar, ni a visitar familiares, ni a pasear. Está prohibido, so pena de contagio, cualquier muestra de afecto: besos, abrazos, mimos, caricias. ¡Menos que menos hacer el amor! ¿A quién se le ocurre tamaña inconsciencia en tiempos de cuarentena? Tampoco se pueden compartir mates, cubiertos, vasos… de hecho se desaconseja compartir la misma habitación, respirar el mismo aire.
Hay que alejarse, aislarse, aguantarse, contenerse, extrañarse.
Cae la actividad económica, comenzando por el turismo. Se cancelan viajes, se aplazan vuelos, se cierran fronteras. Se desmorona la construcción. Y como fichas de dominó el resto de las actividades. Las Bolsas en todo el mundo se desfondan. El petróleo vale menos que el papel en que están impresos los billetes del dólar, cuyo valor –vaya paradoja- se dispara más alto que los chorros de petróleo cuando se perfora un pozo.
Se suspende la cadena de pagos. Claro, ¿de dónde se va a pagar absolutamente nada si prácticamente no hay actividad económica?
Mientras tanto, la gente en pánico hace colapsar los servicios sanitarios. Los médicos y enfermeros, sobrecargados, comienzan a agotarse y a ser contagiados ellos mismos.
Otros acaparan productos de higiene de todo tipo y alimentos no perecederos, como si creyeran que el asunto es salvarse ellos solos, sin importar el resto, ni el que estaba atrás en la fila ni el vecino de al lado.
Tal vez, llegado este punto al borde del colapso total, perdiendo contra un enemigo al que no tomamos en serio por considerarlo insignificante, como si un tigre se preocupara por el ataque de una mosca… quizás algunas personas empezaran a reflexionar y se dieran cuenta que lo que está fallando es el mundo que armamos para vivir.
Que cada vez complicamos más nuestra existencia, y resulta cada vez más insostenible un mundo cuyo funcionamiento se basa en el crecimiento constante del consumo en un planeta de recursos finitos.
Que las fronteras nacionales no sirven para nada contra un enemigo microscópico, indetectable, y al que nada la importa si el infectado es peruano, chino, uruguayo o italiano.
Que o nos salvamos todos juntos, y empezamos a buscar nuevas respuestas a nuevos desafíos y problemas; o naufragamos todos juntos usando brújulas desorientadas y mapas de navegación de mares mitológicos.
No. Creo que no. Mejor intentamos con el cambio climático. Este argumento suena muy fantasioso hasta para la ciencia ficción.
Tal vez…

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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