Los veraces: El valor de la palabra a lo largo del tiempo

Existen pensadores que sostienen que la esencia humana es el Logos, la traducción tradicional para este concepto es de pensamiento pero la versión bíblica “Dios habla hoy” la traduce como palabra, entonces podríamos sostener que aquello que nos diferencia del resto de los animales es la palabra.

Lo que nos constituye como personas es sin duda la palabra, la capacidad de dialogar, de comunicarnos no solo mediante la lengua sino por medio del lenguaje (la escritura, iconografía, señas, etc.).

Del italiano per suoanare (para sonar) proviene el origen del concepto persona, este término hace referencia a las máscaras que se utilizaban en el teatro conformadas de tal forma que potenciara el sonido de la voz, un ancestro del micrófono moderno.  

En la Grecia arcaica el valor de la Palabra era tan importante que no había la necesidad de testigos, el solo hecho de negar o confirmar el hecho era suficiente prueba de lo sucedido, eran Hombres imbuidos de verdad, hombres veraces que sostenían sus dichos con sus obras, el Honor era parte de su identidad.

Persona era aquel individuo que podía hablar en el ágora, que podía ser escuchado en la arena política, el que tenía voz y voto se convertía en un ciudadano por excelencia y en  medio de esa contienda, en el fulgor de la polémica surgía la aletheia, la verdad, producto del logos, de la palabra.

En Oriente Medio también la palabra era importante, el premio por ser honesto era la bendición divina reflejada en la bendición social; un hombre discordante, mentiroso, falaz era maldecido, todos hablaban mal de él y quedaba excluido de la comunidad, situación que actualmente se mantiene aunque desprovisto de todo misticismo. Si nos preguntan en el grupo de WhatsApp si conocemos algún pintor o un mecánico lo recomendamos o de lo contrario contamos nuestra mala experiencia con aquella persona y colaboramos en su infamia.

Pérdida de la credibilidad

Con el tiempo esa credibilidad de los antiguos se fue perdiendo y apareció la necesidad de tener varios testigos, la justicia adoptaba una verdad por coherencia, verdad que se mueve dentro del lenguaje y no en su relación con las cosas. Este criterio lo seguimos viendo en el accionar policial, interrogando una y otra vez para que el interrogado caiga en contradicción.

Actualmente la justicia utiliza como criterio de verdad la correspondencia, que es la forma que utilizamos en nuestra cotidianeidad donde lo que pronunciamos debe coincidir con el objeto, aquí la verdad queda establecida por la relación entre la palabra y la cosa por lo que al juez ya no le alcanza con tener testigos, hoy tiene la necesidad de recolectar pruebas para determinar la culpabilidad del acusado.

A principios del Siglo XX aparece la Tarjeta de Crédito, si bien podemos decir que tuvo que esperar hasta mediados de siglo para que se efectivizara el uso de la tarjeta como la conocemos hoy. Esta moneda plástica acabó con la palabra como valor, antes el comerciante recurría a la fe en el comprador, entonces confiaba en que la persona iba a volver a pagar el producto que retiró del local. El comerciante ya no nos fía sino que el banco emisor de la tarjeta es el garante del pago y de no hacerlo quedamos registrados en el Veraz, lugar donde se muestra nuestra ignominia.  

En el ámbito de la política sucede lo mismo, se pasó del diálogo (dos pensamientos) a la cháchara, una conversación frívola y de poco valor, en el peor de los escenarios hemos asistido al festival del monólogo donde  la palabra de la otredad es negada y la verdad es de exclusividad de un grupo o de un caudillo.

Vemos lamentablemente como la juventud y la población en general tiene un desinterés por participar de la política, la sociedad ya no cree en sus líderes, los grandes relatos ya no convencen y los veraces pasan sin pena ni gloria.

Algunos pocos deciden salir inmaculados de la lucha por el poder, son contados con los dedos de una mano aquellos que pueden caminar entre la escoria sin salpicarse, manteniendo así su buen nombre, donde la palabra vuelve a ser logos, es decir, una coherencia entre pensamiento, palabra y acción.

Revista OZ

Ariel Enrique Biason es colaborador de Revista Oz, profesor en Filosofía, Licenciado en Gestión Educativa, realizó una tesis en Teología.

 

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