El mundo en clave

El mundo en clave

En la era de la información, una palabra vale. Pero una “palabra clave” vale infinitamente más. El keyword es -como el término anglosajón lo sugiere- la llave a una parcela de mundo. Para graficarlo, sería algo así como ese conjunto de casillas que se abren automáticamente en el buscaminas cuando se da con la combinación correcta.

Pero la vida no es un juego, y la complejidad es la marca de nuestro tiempo. Así, las claves se erigen cual custodios del acceso a un mundo segmentado. Claves, contraseñas, PINs, capturas de imágenes, coordenadas, preguntas de seguridad, códigos verificadores y demás combinaciones alfanuméricas -que por momentos desafían los límites de la atención- reconfiguran el espacio mediante una red de “peajes” que nos permiten transitar la gran autopista virtual sin sentir que nos hemos caído del mapa. Porque de eso se trata, básicamente, el nuevo pacto de la era digital.

“Acceso” es la madre de todas las palabras clave. Acceso es información, e información es poder. Tal es la máxima que mana de los despachos de los gurúes y que se ramifica a través de una red de embajadores en todo el mundo. Y a esta máxima ya consolidada en principio rector habría que agregarle una última premisa-promesa: la simplicidad. La simplicidad es Poder, y el Poder te hace la vida más simple. Es simple, es claro. El argumento atraviesa prácticamente cualquier discurso publicitario, y es fácilmente identificable por esa legión de anónimos felices cuya vida se ha visto resuelta gracias al bendito clic, tal vez el signo fetiche que mejor represente esta creencia.

Pero, ¿qué pasa cuando la promesa de simplicidad choca contra una realidad que el entramado de claves y usuarios, de PINs y hackers no hace sino complicar aún más? ¿Cuando las decenas de claves superan los límites de la memoria y deben ser anotadas, junto a sus respectivos usuarios y códigos de verificación, en permanente necesidad de actualización debido a los propios requerimientos de un sistema creado a imagen y semejanza de la complejidad?

En esta realidad fragmentada, ¿se puede realmente afirmar que la vida se ha vuelto más simple? Quizás lo sea en su apariencia, pero a nivel cognitivo es probable que la respuesta no sea -valga el término- tan sencilla. La sobreinformación nos impone un ordenamiento. Incapaces de almacenar siquiera una modesta parte de los estímulos que a diario nos son enviados desde la densa red intermediática (constituida fundamentalmente por la televisión, internet, radio, publicidad en la vía pública y, por supuesto, esa suerte de “mejor amigo autista” que es el celular), el Homo Sapiens 2.0 se ve en la encrucijada de filtrar o colapsar.

La mente humana no es una computadora, y por tanto no almacena y discrimina la información con la indolencia de una máquina, por más que se nos quiera hacer creer en esta analogía. Por el contrario, el proceso de almacenamiento de la mente humana es más bien caótico. Su complejidad viene dada en gran medida por la porosidad entre ambos hemisferios del cerebro, con vasos comunicantes permanentes entre la información “dura” y las emociones que ésta evoca. O viceversa.

Desde esta óptica, la pregunta que podría hacerse es la de cómo acceder a este mundo de accesos, cómo asimilar cognitivamente la aparente contradicción entre una realidad segmentada y una fantasía globalizada. Cómo, en definitiva, sortear esa espiral de reconfiguraciones y actualizaciones para acceder a esa gran palabra clave que nos permitirá, al fin, transitar por la autopista.

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Revista OZ

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