Crítica de la película “El enemigo interior”

Después de 27 años en el Ejército, David, abandona la disciplina castrense para reincorporarse a la vida civil, en un Israel, y una vida, a los cuales no termina de adaptarse. Este es el puntapié inicial de “El enemigo interior” un drama israelí, que nunca llega a ser dramón ni tragedia, porque lo que narra son los pequeños dramas existenciales de una familia en apariencia normal, pero bastante disfuncional, integrada por David, el padre de familia que se encuentra incómodo, fuera de lugar en esa sociedad, y que siendo aún joven, busca en la venta de productos y suplementos alimenticios la manera de convertirse en un empresario “exitoso”.

También está su mujer, una profesora de literatura, fina y cultivada, con sensibilidad artística, que gusta de asistir a tertulias culturales; lo cual aumenta la distancia con su marido, quien se siente sapo de otro pozo en esas veladas. A esto se suma la creciente frustración sexual que ella comienza a experimentar, la cual su marido, sumido en una suerte de estado de alienación, nunca llega a notar. Nunca se llega del todo a entender cómo esa mujer culta e inteligente, llegó a enamorarse y formar una familia con David, una suerte de Sancho Panza sin Quijote… simplemente es un dato, que en determinado momento, esas dos personas, tan distintas, se conocieron, se amaron y formaron una familia.

También están los dos hijos, jóvenes de la pareja. Al mayor, un varón, lo vemos poco, aunque cierta revelación sobre el final de la película lo lleva tomar cierto protagonismo, en forma violenta.

La hija, por su parte, una adolescente rebelde e idealista llamada Yfat, es la que aporta mayor tensión dramática, tanto en la relación con su padre, como en las actividades que se involucra: desde ir a una marcha en protesta contra el gobierno, hasta visitar a la familia de un amigo palestino muerto en circunstancias misteriosas, e incluso, llegar a sentirse atraída por otro joven palestino. Todas estas actividades la convierten en sospechosa frente a las autoridades policiales de su país.

Si el título hasta ahora podría ser interpretado de diversas formas, o como la existencia de múltiples “enemigos interiores” dentro de la estructura familiar (especialmente en la dinámica padre-hija) también puede interpretarse en la relación Isreal-Palestina, o más concretamente, la de Israel con los palestinos que viven dentro o cerca de los límites a los que las colonias israelíes se han ido desplazando.

Es notorio como los palestinos viven en peores condiciones que los israelíes: los barrios son pobres, las casas son más feas, más viejas y peor construidas. El mobiliario también es de peor calidad, y andan en autos polvorientos y desvencijados… y encima de eso, siempre son sospechosos de ser terroristas.

La diferencia se nota incluso en el interés que pone la policía en averiguar las compañías y actividades de Yfat, y el desinterés en investigar la muerte del joven palestino, muerto de un balazo, en un cerro a la noche, en lo que parece haber sido un trágico accidente… pero queda la duda, porque se da la información, pero la investigación nunca avanza. De hecho, no se sabe si llega a comenzar.

El final, sin ser hollywoodense (y sin intención de spoilear la película), abre una luz de esperanza respecto a esa familia y su capacidad para re vincularse.

FICHA:

Título: El enemigo interior.
Duración: 92 minutos
Género: drama (con toques de comedia)
Director: Eran Kolirin
Actores: Alon Pdut, Mili Eshet, Shiree Nadav-Naor

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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