¨Tierra de hombres¨de Saint-Exupéry: Una gran obra poco conocida

Escribir El principito tuvo para Antoine de Saint-Exupéry consecuencias ambiguas: por un lado, le aseguró una fama internacional, incluso décadas después de su muerte. Pero, por otro lado, este cuento anexó a su nombre, dejando en la sombra el resto de su obra. Lo cual es una pena, porque tanto su escritura, simple pero poética, como su pensamiento, accesible pero profundo, valen la pena ser leídos. Y, por lo menos para su Tierra de hombres (1939), deberían ser leídos, diría yo.

En este libro, el aviador Saint-Exupéry vuelve sobre más de una década de aventuras. Ya había contado unas en libros como Correo del Sud (1928) o Vuelo nocturno (1931), pero la década sombría del 30’ lo llevó a profundizar y ampliar el sentido de su experiencia, buscando una explicación a la violencia de su época. Explicación radicada en una idea a la vez simplísima y complejísima: el hombre necesita sentido. Complejísima, porque llama a esta difícil pregunta: ¿qué sentido puede lograr el hombre?

El sentido por la “profesión”

En efecto, si bien la existencia aventurera de Saint-Exupéry le enseñó que el hombre se descubría confrontándose con el obstáculo, le permitió también darse cuenta de que ningún sentido existe de por sí: “un espectáculo no tiene sentido, sino a través de una cultura, una civilización, una profesión. Los montañeses también conocen las mares de nubes. Sin embargo, no descubren en ellas esta cortina fabulosa [que descubre el aviador]”. Pero aquí no se trata solamente de las diferentes maneras posibles de observar el mismo fenómeno natural. Para Saint-Exupéry, la “profesión” es mucho más que el mero “trabajo” o “empleo”: significa compartir con otros hombres una actividad que tiene un sentido universal, por su confrontación con el mundo. Así, “La tierra nos enseña mucho más sobre nosotros que todos los libros. Porque nos resiste. […] El campesino, en su labranza, arrastra poco a poco unos secretos a la natura, y la verdad que despeja es universal. Asimismo, el avión, la herramienta de las líneas aéreas, involucra al hombre en todos los viejos problemas”.

Esta experiencia compartida con los “camaradas” quienes ejercen la misma profesión, es lo que fundamenta la solidaridad entre ellos. Y al sentir que juntos participan de la edificación del mundo por su confrontación – y no “enfrentamiento” –con la natura, se genera lo que hace que el hombre salga de sí mismo, es decir la responsabilidad: “Ser hombre, es precisamente ser responsable. Es sentir vergüenza frente a una miseria que no parece depender de sí. Es ser orgulloso de una victoria que lograron los camaradas. Es sentir, poniendo su piedra, que uno está contribuyendo a construir el mundo.” Es decir, encontrar un sentido para nuestra acción cotidiana, un sentido que nos supere, y así nos contenga.

El mundo moderno, las ideologías y la guerra

Sin embargo, no todos tienen la suerte de conseguir una profesión que de un sentido a su acción diaria. Lejos de condenarlos, Saint-Exupéry los lamenta:

¨Viejo burócrata, camarada mío presente aquí, nadie te hizo escapar y no sos responsable. Construiste tu paz a fuerza de cegar con cimiento, como lo hacen los termitos, todas las vías hacia la luz. […] No sos el habitante de un planeta errante, no te haces preguntas sin respuestas: sos un pequeño burgués de Tolosa. Nadie te agarró por los hombros cuando todavía era tiempo¨.

Entonces, la condición del hombre moderno se caracteriza por el hecho de que, para una cantidad creciente de humanos, su trabajo no tiene sentido como lo pueden tener las profesiones: no estamos muy lejos de la noción marxista de “alienación”.

Dentro de este marco, el nacimiento de ideologías políticas mesiánicas se entiende por esta necesidad de sentido. Ajeno a cualquiera de estas ideologías, Saint-Exupéry rechaza, sin embargo y de nuevo, condenar. Después de contar su encuentra con un sargento de las milicias republicanas en la Guerra de España, escribe:

¨Entendí tu partida. Si eras pobre en Barcelona, solo capaz después del trabajo, si tu cuerpo incluso no tenía refugio, sentías acá el sentimiento de realizarte, te juntabas con lo universal; he aquí que vos, el paria, estabas recibido por el amor.

No me importa saber si eran sinceras o no, lógicas o no, las grandes palabras de los políticos que capaz te sembraron. Si crecieron en vos, como pueden germinar las semillas, es porque respondían a tus necesidades. Sos el único juez. Son las tierras que reconocen los granos¨.

Esta falta de sentido es también, para Saint-Exupéry, la raíz del afán bélico que floreció en la Europa del comienzo del siglo XX: “En un mundo transformado en desierto, teníamos sed de encontrar de nuevo a camaradas: el gusto del pan partido entre camaradas nos hizo aceptar los valores de la guerra”. Pero considera como un error funeste ya que, en esta búsqueda de sentido, “el odio no agrega nada a la exaltación de la carrera”. 

Y a modo de remedio, este gran autor nos ofrece estas dos frases simplísimas que nuestra época, perdida no tanto en el calor de la furia, pero sí en las aguas frías del cálculo egoísta y del economisismo, tendría que escuchar:

¨Cuando tomaremos conciencia de nuestro rol, incluso el más discreto, solamente entonces seremos felices. Solamente entonces podremos vivir en paz y morir en paz, porque lo que le da un sentido a la vida le da un sentido a la muerte¨.

Revista OZ

Lucas Favre es colaborador de Revista OZ, estudió Ciencias Políticas en Francia su país natal, actualmente vive en Argentina.

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