La Revolución Rusa, 100 años después (Tercera parte)

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En Rusia, el sueño inicial de provocar una revolución obrera mundial, dejó paso, una vez muerto Lenin, desplazado Trotsky, y entronizado Stalin en el poder; a la instauración de un régimen de tipo burocrático, con importantes dosis de culto a la personalidad, realización purgas individuales y colectivas masivas, y economía fuertemente centralizada y estatizada. Todo ello adobado con generosas dosis de nacionalismo, bajo el lema de la “Patria socialista”. En una clara demostración de principios, en 1943 resolvió que La Internacional dejara de ser el himno soviético.

Muerto Stalin se dejó de lado el culto a la personalidad y las purgas fueron menos, y de menor intensidad. Resultó fundamental en esto la denuncia que Kruschev, nuevo Premier Soviético, realizó acerca de los crímenes y excesos del stalinismo. Pero el sueño de la revolución obrera mundial se había transformado definitivamente en el mantenimiento de un tenso statu quo con la otra potencia.

En el afán por estar más y mejor armado que su rival, ambas potencias impulsaron nuevos descubrimientos y avances en el plano científico y tecnológico. Particularmente notable fue la llamada “carrera espacial”, en la que los soviéticos lograron los primeros hitos: el lanzamiento del primer satélite, del primer satélite tripulado (la perra Laika) y del primer humano en el espacio: Yuri Gagarin. Sin embargo, Estados Unidos se quedó con el premio mayor (más simbólico que práctico): fue el primero en poner a un hombre en suelo lunar.

Producto de sus múltiples contradicciones internas, el sistema soviético comenzó a dar señales de agotamiento desde mediados de los 70’, pero casi nadie se imaginaba que el fin estaba tan cerca. Con el ascenso de Gorbachov al poder, su política de apertura y distensión, terminó por agudizar esas contradicciones, generando nuevas… y como una avalancha de nieve, las fuerzas desatadas se mostraron incontenibles. En noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, se reunificó Alemania, y cayeron, uno por uno, los gobiernos de los países “satélites”: Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania.

En 1991, sin mayor pena y nada de gloria, se decretó la disolución de la URSS. Fue cuando Fukuyama, reconocido intelectual y pésimo profeta, sentenció que era “el fin de la Historia”.

Desde entonces el mundo se ha reconfigurado de manera inimaginable 26 años atrás. Rusia, luego de un tiempo de incertidumbre y crisis económica, se ha erigido nuevamente en una potencia global. Una potencia capitalista en este caso.

Trotsky, en un eco del pasado, se mostró mucho más sagaz que Fukuyama en su análisis e interpretación de la realidad. En La revolución traicionada, de 1937, había escrito: “La evolución de las contradicciones acumuladas pueden conducir al socialismo o lanzar a la sociedad hacia el capitalismo”. Diez años antes que Trotsky, el anarquista italiano Errico Malatesta había llegado exactamente a la misma conclusión. En su opinión, la dictadura del proletariado, sumada a la represión y autoritarismo stalinista, iba a desembocar en un retorno al capitalismo más desenfrenado.

En el campo de las ideas, y en el contexto de la lucha ideológica que también se dio dentro de la Guerra Fría, posiblemente hayan sido ellos: trotskistas, anarquistas, e intelectuales de izquierda vinculados al grupo Socialismo o Barbarie (Castoriadis, Lefort, Guy Debord, etc) y a la Escuela de Frankfurt (Horkeheimer, Adorno, Marcuse, Habermas, etc) los intérpretes más lúcidos, finos e independientes de la realidad soviética y sus múltiples contradicciones entre discurso y práxis. A su modo, ellos también se negaban a la visión dicotómica del Mundo que otros sostenían y querían imponer.

Mientras todo esto sucedía entre los dos imperios, China, con astucia y disciplina orientales, resolvía su propio camino al socialismo, combinando capitalismo y marxismo.

Pero, aun en su caso, resulta inimaginable la instalación de un Estado comunista sin la experiencia previa de la Revolución Rusa. 100 años después, y sin URSS, es fácil saltearlo. Y por ello, más necesario tenerlo en cuenta.

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Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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