Ciudades mutiladas: Poda indiscriminada

Con el invierno, llega a este lado del hemisferio la época de poda. Y con ésta, una extraña postal: hileras de lo que alguna vez fueron árboles frondosos, de pronto reducidos a un esqueleto de troncos.

En este contexto, cada vez que veo una copa tupida no puedo evitar preguntarme “¿Será la próxima?”. Mi olfato –o, más bien, un recóndito sentido de la esperanza- me dice que no, que este bello techo vegetal escapará a la voracidad de la motosierra. Sin embargo, a la cuadra siguiente advierto nuevamente el disciplinamiento riguroso de las copas, en un nuevo caso que abona lo que ya se ha convertido en parte del paisaje urbano habitual: un nuevo ejemplar de aspecto fantasmagórico. Un ingeniero agrónomo diría que ha sido “amputado”. Yo -un simple amante del verde- aventuraría que ha sido “mutilado”.

Es sabido que la principal función del arbolado urbano es la de mejorar la calidad del aire en la ciudad a través de la absorción de dióxido de carbono -el ya famoso CO2-, al tiempo que contrarrestar el efecto de isla de calor mediante la provisión de sombra, entre otros muchos beneficios.

A la luz de esto, me pregunto: ¿qué objeto persiguen estas podas? Los principales defensores de este tipo de procedimientos destacan que la mayor iluminación nocturna mejora la visibilidad de los comercios (y por tanto sus posibles ventas), al tiempo que la señalan como la manera más eficaz de evitar accidentes por caídas de ramas grandes.

Como réplica a esta argumentación se podría decir una obviedad: entre la desidia y la amputación hay algo llamado “término medio”. Y en este aspecto hay un abanico de opciones a la hora de adecuar los árboles añosos al entorno urbano sin necesidad de reducirlos a su mínima expresión; esto tiene como consecuencia la reducción del espacio verde disponible y el aumento del riesgo de inundaciones al haber menor superficie de drenado.

A fin de evitar esto, y sin necesidad de recurrir a acciones radicales (por cierto, desaconsejadas por los especialistas), existen procedimientos tales como la poda de mantenimiento, una práctica que subsana el problema de las ramas frágiles aunque manteniendo la salud de las copas.

El dilema, en este sentido, es filosófico: o un modelo urbano en el que todas las variables que hacen al ecosistema (biológico, arquitectónico y social) se regulan de acuerdo a un criterio disciplinador, o bien, un tejido permeable a ese “armónico caos” que la naturaleza provee. Combinación que, por cierto, ha estado en los planes de los principales paisajistas del siglo XIX, quienes han poblado los barrios de frondosas tipas, tilos, paraísos y demás especies tupidas que, a lo largo de los años, han sabido desarrollarse en auténticos vergeles que entechaban las calles como la cúpula de una catedral y que en gran medida han configurado la postal más amable que esta ciudad haya podido ofrecer.

La dimensión filosófica, lejos de agotarse en un debate de salón, tiene su bajada a tierra: al “problema” se lo supera o se lo anula. La amputación va en este último sentido, al proponerse como una salida fácil a un asunto complejo que involucra una dimensión ecológica a la vez que social. De acuerdo a esta lógica de disciplinamiento del espacio público, la “reunión arbórea” precisa ser fragmentada. Así, el árbol ya no es considerado como un agente medioambiental sino como mero ornamento, un elemento más en función de una apuesta que tiene a la estética como valor supremo. Aun cuando, paradójicamente, no haya nada más antiestético que un árbol amputado.

Revista OZ

Claudio Ceballos Cid es colaborador de Revista OZ, Licenciado en Ciencias de la Comunicación UBA, escritor y cantante.

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