Shōichi Yokoi regresó de la muerte y prefirió regresar

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El 24 de enero de 1972, el sargento japonés Shōichi Yokoi es encontrado luego de refugiarse durante 28 años en la selva de la isla de Guam.

En 1941 los japoneses tomaban control de la de isla de Guam, sobre el Pacífico norte occidental. Tres años más tarde, en menos de un mes, los norteamericanos recuperaban el control de la isla en la llamada batalla de Guam. Allí combatió el personaje de esta efeméride, Shōichi Yokoi, un sargento del Ejército imperial japonés que se internó en la jungla tras la derrota y por 28 años no saldría de allí creyendo que la guerra continuaba.

 Shōichi Yokoi
Shōichi Yokoi

Shōichi Yokoi tenía 29 años cuando huyó. ¿Quién no puede imaginarlo corriendo entre los árboles y plantas de intimidantes dimensiones, oyendo el rumor de los animales, tropezando con raíces sueltas, acechado por el reproche del honor? Tampoco es difícil imaginar el calor, el frío, el llanto, la filosa rama que con ambas manos sostuvo contra su vientre esperando el impulso que jamás sucedió, la soledad, el hambre, tampoco la abstinencia de cultura.

Shōichi Yokoi decidió vivir. Una cueva cálida hizo de hogar por 28 años. Cazaba cuando caía el sol, al principio no sin cierta dificultad: en el Ejército sólo le habían enseñado cómo matar hombres. El arma reglamentaria la dejó en la cueva, una bala en la recámara lista para huir definitivamente. Manufacturó trampas, lanzas, herramientas; inventó fuego al día 200.

Refugio de Shōichi Yokoi
Refugio de Shōichi Yokoi

Durante agosto de 1945 (aunque Yokoi no podría sospechar qué fecha se trataba) sintió que temblaba el suelo, dos veces en tres días; temeroso, pensó que el océano se tragaba la isla y que el conflicto bélico era todavía más feroz que cuando él luchaba.

Con los años dejó de sentir los aviones en el cielo, apenas si recordaba cómo sonaba un disparo; o la batalla se había trasladado a otro hemisferio, o había un derrotado entre los dos bandos. Yokoi tenía el fuerte presentimiento de que el enemigo había salido victorioso, y su país, idioma, familia, todo lo que amaba y extrañaba, había sido destruido. Como era el último representante de su cultura aceptaba la responsabilidad con gran honor y diligencia; se rasgó las manos fabricando altares rudimentarios y estatuillas de madera; en voz alta le hablaba a la selva para procurar que no muriera su lenguaje; todas las mañanas saludaba a los árboles frente a la cueva con una ligera inclinación del cuerpo; había recortado un pequeño cuadrado de su camisa blanca en cuyo centro a diario pintaba un círculo rojo con la sangre de las presas.

Yokoi and Governor Carlos Camacho
Yokoi and Governor Carlos Camacho

Corría el 24 de enero de 1972: Shōichi Yokoi fue descubierto por dos pescadores. Al poco tiempo regresó a su patria con la sorprendente novedad de que la guerra había terminado veintisiete años antes; a su llegada, tímido, sólo atinó a decir “es un poco vergonzoso, pero he vuelto”. Deambuló programas de televisión, oficinas gubernamentales, palacios imperiales, incapaz de sacudirse el asombro por la tecnología trepidante, los edificios y millares de personas como larvas escurridizas, la amenaza nuclear (ese concepto le costó asimilarlo; durante meses creyó una broma de mal gusto el relato sobre las ciudades japonesas bombardeadas con esa extraña tecnología “nuclear”) entre las, ahora, nuevas potencias. Desenfrenadamente leyó sucesos ocurridos en el mundo durante sus veintiocho años de ausencia. Unánimes, los cercanos afirman que su rostro cobró una paulatina expresión ausente, remota. Semanas después, Shōichi Yokoi desapareció y ya no volvió a ser visto.

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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