El silencio es el grito más fuerte

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Pienso detenidamente en las fases que encierra el nacimiento de toda idea, en la apropiación de un recorte de la realidad, de algo que acontece y en los miles de enlaces que esa primera figuración establece con la propia percepción. Pienso también en cuánto habrá de selección dentro de esa marea de imágenes, sonidos, recuerdos y vivencias para dilucidar que es lo que no puede o no debe ser compartido. Pienso en el silencio, en lo no dicho ni contado. En la tenencia oculta de uno o varios datos.

El secreto en cierto punto da poder. Sintetiza la posesión de  algo que los demás no tienen. “Mío, sólo mío” parece rezar la información contenida a fuerza de callar. ¿Pero qué sucede cuando un secreto pasa de la latencia de lo oculto a la visibilidad? Cuando acorta su tiempo de existencia. Cuando la promesa del silencio se rompe y deja ver claramente las vetas roídas, las espinas crueles, los vidrios que se astillan en una realidad no siempre feliz.

Muchas veces los secretos se padecen, se sufren como estigmas que arañan la piel y evidencian faltas, carencias y otros males, presentes u olvidados. Me acerco a lo callado cada día. En medio de la escena repetida del patio de una escuela basta girar la vista y acentuar el oído. Los niños develan universos velados, ajenas e inconclusas nitideces sin luz. Cuando el secreto cae sobre la infancia millares de historias despliegan el aura de una oscuridad que condena y marca para toda la vida.

niño haitiano trabando
Niño haitiano
Niños restavek en Haití

En Haití el fin de la esclavitud llegó con su independencia en enero de 1804. Sin embargo, pequeños haitianos que rondan los seis años de edad son sometidos a la servidumbre. Estos niños son llamados “restavec”. La palabra (restavec) es una combinación del verbo francés: “rester”, que significa “permanecer” y la palabra “avec”, que significa “con”, o “restavek” en ortografía haitiana. Los niños restavek son hijos de familias pobres que viven el campo y los entregan con la ilusión de que tengan una mejor vida en la ciudad. Un siniestro secreto se cierne sobre esta falsa promesa ya que los pequeños son  maltratados y explotados, sometidos a los peores abusos y utilizados para todo tipo de labores domésticas. Ellos pierden sus derechos como niños o incluso como seres humanos.

Más acá o más allá  los secretos brutales tardan poco en evidenciarse desde la urgencia de la palabra infantil.

Así, la realidad se impone, rodeada por infinitas historias disfrazadas.  Los niños no resguardan el dato por demasiado tiempo. Es un incontenible salto de agua, arrecife que tarde o temprano termina por develar, que acusa, amenaza y subleva. Indigna.

La palabra pide salir

Milagros tiene los pasos cortos y los ojos grises, perdida en el río de una deriva clara se suma al resto. Discutimos sobre cuentos de terror, historias que quedan entre el mito y la fantasía, acortando espacios entre la verdad y lo ilusorio.  Ella abre los ojos enormes y me dice que la Virgen la mira. Que cuando va a la Iglesia de Ciudadela, la estatua quieta y dura empieza a despertarse y se queda con la vista fija en ella.

También habla del cementerio, de las veces que pasa por ahí con su papá cuando va a trabajar. Allí alguien la llama por su nombre cada vez y sopla un largo “Milaaagrooos”. Ella dice que se asusta.

Los demás van soltando sus secretos  también, hablan de duendes y de la Llorona, fantasmas que hacen ruidos en la casa y otras tantas historias de la sombra.

Entonces Milagros se anima, se me acerca despacio y sin levantar la vista dice que el Demonio hace poco estuvo cerca del hermano.

¿Por qué?- pregunto.

Porque lo hace drogar, seño- me contesta.

¿Cuántos años tiene tu hermano?

El poco tiempo que dura guardar un secreto, en los niños tiene una urgencia .

El secreto y el silencio se unen, hacen un pacto brutal, todo aquello que se tapa, oculta, guarda puede provocar enormes raíces que crecen hacia adentro. Sin savia, adormecidas y cenicientas, las ramas de lo que no les permiten decir desflecan las miradas de los más pequeños.

Las verdades de la inocencia

Amanda vive en Fuerte Apache y viene poco a clases. La noche anterior no durmió por los tiros, me cuenta. Los balazos entre la policía y los del barrio son una constante.

Hoy entre los niños circulan las verdades como hielo que quema y arrasa la inocencia, una polvareda de rostros estampados innecesariamente en los vidrios de la escena diaria. Lo que les obligan a silenciar son esas pequeñas muertes cotidianas, lo innombrable por terrible y oscuro.

Inversamente, muchas veces cuidar la inocencia parece ser la idea de algunos datos callados. En “La vida es bella”, Roberto Benigni en la voz de su personaje, respiraba la fuerza de un secreto guardado para preservar; inventaba un mundo soportable detrás de las paredes del insostenible campo de concentración nazi. ¨El silencio es el grito más fuerte¨ apuntaba el guión y es allí, justamente, en donde se rompen los secretos.

imágen de la película ¨La vida es bella¨
La vida es bella, película.

Revista OZ

Paula Eisenberg es colaboradora de Revista OZ, escritora, coordina el taller de arte ¨El ojo fantástico¨, realiza trabajos de redacción y corrección literaria.

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