Un Uruguayo en Buenos Aires: Vacaciones

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Meses atrás, cuando crucé el “charco” para radicarme acá, me había imaginado trabajando donde trabajo hasta mediados diciembre, luego cruzar para las fiestas de fin de año, y quedarme en el “paisito” hasta fines de enero, haciendo playa en las costas de mi amada Rocha.

Era un plan excelente y que cerraba perfectamente con la idea que tenía. Pero como expresara Oscar Wilde, la vida es lo que pasa por el costado mientras uno planifica…

Me contrataron de la Revista Oz para escribir esta columna (amén de otras notas) y ya no generé los días necesarios para salir de licencia…

Por eso es que se me ocurrió escribir estas líneas acerca de lo que se siente, siendo uruguayo, pasar enero en Buenos Aires.

Voy a comenzar diciendo que la noche de Año Nuevo acá, me resultó maravillosa. Lo pasé con unas queridas “tías” uruguayas que viven en el barrio de Liniers, y si bien fue un festejo tranquilo, también me resultó una conmovedora experiencia: primero que nada por el cariño de estas dos tías de la vida, llenas de anécdotas y alegría; y luego, por la sensación, de sosegada aventura de recibir el nuevo año en otro país. En resumen, uno de las mejores celebraciones de Año Nuevo que he pasado.

Luego, viene la experiencia de pasar enero acá.

Me había imaginado que sería mucho más pesado. Especialmente por el clima de la ciudad, que por la forma en que está construida, de espaldas al río (a diferencia de Montevideo), sumado a que era una tierra pantanosa y baja, y la cantidad de edificios; hace que en general sea un poco más calurosa que Montevideo. Y encima suele ser un calor pesado, húmedo, de esos que en los peores días apenas sales a la calle te golpea con la violencia de un puño húmedo.

Encima, la contraponía a la idealización de estar en La Paloma, o La Pedrera, o Valizas, o cualquier punto de la costa rochense… y el resultado era abrumador.

Pero la asumí como parte de la decisión de vida que tomé al radicarme acá. Por lo cual decidí intentar disfrutar de la experiencia, o, cuando menos, aprender acerca de la misma.

Y aunque me puedan tildar de loco, hasta ahora he disfrutado este mes acá. Si bien han habido días de calor asfixiante, de esos en los que a media tarde parece imposible refrescarse salvo que se ponga el aire acondicionado a una temperatura que haría sentir frío a un pingüino… por regla general, no han sido la mayoría de los días, razón por la cual, se ha hecho más llevadero de lo que suponía en un principio. Si a esto sumamos algunos días de –bienvenida- lluvia, y un par de días de frío casi otoñal, la cosa mejora bastante.

Además, merced a uno de los nuevos amigos que he hecho acá, dos de esos días de calor agobiante los pasé en un islote del Tigre. Que fue toda una experiencia en si mismo. Por cuentos y relatos sabía que era un precioso lugar, como de postal. Pero una cosa es que te lo cuenten, y otra verlo con tus propios ojos (sigue teniendo validez la frase del apóstol Tomás): ¡ME ENCANTÓ EL TIGRE! Tanto las islas como el Municipio. De hecho, salvo los mosquitos, del tamaño de un ave rapaz, me pareció un lugar maravilloso para comprar o construir una casita… es una suerte de tierra “salvaje” y de remanso de paz,  a escasos minutos de Capital Federal. Con toda una cultura de vida en torno al agua que me pareció a la par fascinante y desafiante.

Tigre
Tigre

No voy a decir que a partir de esta experiencia me guste más bañarme en río que en el mar. Pero ciertamente, como alternativa no está nada mal.

En resumen, sumadas todas estas experiencias, más la visita a la muestra de Miró en el Museo Nacional de Bellas Artes (la recomiendo enfáticamente) y alguna “san telmeada” en las noches tibias; este verano porteño ha estado tan lejos de la experiencia agobiante que imaginaba, como Donald Trump de la diplomacia y el buen gusto.

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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