Un Uruguayo en Buenos Aires: Del otro lado del charco

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Esta semana se está cumpliendo el primer mes desde que crucé el “charco” para radicarme en Buenos Aires. Para no hacer tediosa una historia larga: fue el final de una decisión que me tomó bastante tiempo tomar; y ha sido el inicio de una nueva etapa en mi vida, con toda probabilidad, el desafío más ambicioso que he afrontado hasta ahora.

Pero vayamos a lo interesante: ¿cómo ha resultado este primer mes de vida acá?  He descubierto (y sigo descubriendo) una ciudad inmensa, descomunal, vertiginosa, dinámica… y seductora.

Aunque pueda parecer contradictorio, tiene un aire de familiar “otredad”. Desde su arquitectura hasta en la forma de ser de su gente se nota la historia que nos une y hermana… no en vano, es bueno tenerlo en cuenta, Buenos Aires es la segunda ciudad uruguaya en el mundo. Incluso la encuentro bastante parecida (salvo por la Rambla) a Montevideo. El barrio de Caballito, por ejemplo, podría perfectamente ser un barrio de nuestra capital. Tal vez esa sea la razón por la que tantos integrantes de nuestra colectividad viven en él.

Claro que es todo a una escala mucho mayor. Al estar acá, uno entiende porque tantos argentinos aman nuestras playas y nos encuentran tan apacibles y tranquilos: comparados con la velocidad de vértigo con que se mueven acá, Montevideo tiene una mansedumbre pueblerina, y Rocha –¡mi querida Rochita!- directamente sería algo así como la aldea de los irreductibles galos de Asterix.

Punta del Diablo, rocha, Uruguay
Punta del Diablo, rocha, Uruguay
Buenos Aires cosmopolita

La otra cara de la moneda es lo cosmopolita que es: una verdadera ciudad internacional en este rincón al sur del mundo, con actividades y propuestas culturales variadas en calidad, cantidad, diversidad y costo; desde los teatros de calle Corrientes, hasta los teatros del under, pasando por los centros culturales públicos  (como el Kirchner, una monstruosidad descomunal; el General San Martín, también descomunal; el Centro Cultural Rojas; y el Recoleta) y los autogestionados por colectivos de artistas y/u organizaciones barriales, los cines, las bibliotecas públicas (acá destaco la Nacional y la del Congreso de la Nación), los bares y pubs culturales, la variedad en cantidad y calidad de Museos, y la enorme oferta de librerías, que van desde el imponente y lujoso Ateneo de Avenida Santa Fe y Callao, hasta las pequeñas librerías casi centenarias, que guardan en sus anaqueles libros polvorientos y llenos de telarañas.

Entre los museos, destaco el Espacio de la Memoria, donde funcionaba la tristemente célebre ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) que sirvió de centro de detención clandestino, torturas y desaparición forzada de personas en la última dictadura argentina. Mientras lo recorría, fue inevitable sentir una mezcla de angustia, oprobio, indefensión, e impotencia. Y, por otro lado, también recomiendo visitar el de Malvinas e Islas del Atlántico Sur, un museo moderno, luminoso y atractivo, de recorrido ágil, del cual salí con ganas de ser un explorador o aventurero de comienzos del siglo XVII.

ESMA Espacio para la Memoria
ESMA Espacio para la Memoria

Para terminar, quiero expresar que una vez acá, he podido comprobar que realmente es cierto cuando se dice que los porteños nos quieren y respetan a los uruguayos. Lo he vivido en cada ocasión que he dicho mi nacionalidad. Aunque no todos lo expresen verbalmente, se nota en la actitud, en el trato, en el tono de voz. Algun@s, incluso, me preguntan que se me dio por venir a vivir acá, precisamente, porque desde su cotiadenidad, han construido una imagen idílica de Uruguay en contraposición a un presente conflictivo/de crisis que tienen de Buenos Aires, o directamente del país.

La parte negativa de este cariño que sienten por nosotros, es que no tienen la misma actitud con otras nacionalidades y/o colectividades, más específicamente, con paraguayos, bolivianos y peruanos, o tengan aspecto de pertenecer a alguna de estas nacionalidades. No se trata tanto de algo que se exprese verbalmente, sino, por el contrario, es una actitud construida sobre una sucesión de  pequeños gestos, casi imperceptibles, y bastante naturalizados: desde cómo se atiende a uno u otro en una oficina pública, hasta el tono de voz con que se dirigen a ellos.

Un compatriota, un amigo

Por último: el fin de semana pasado tuve la posibilidad de compartir con parte de la comunidad uruguaya radicada en Buenos Aires (ciudad y Provincia) un encuentro de despedida del año, donde había autoridades como el Embajador y la Cónsul. Más de 600 compatriotas, de toda edad, pelo y condición social compartimos una reunión cálida y emotiva. No pretendo sacar conclusiones apresuradas, pero me parece que acá se genera el mismo efecto, que cuando eres del Interior y te vas a Montevideo: cuando te cruzas con alguien de tu ciudad, no importa si nunca cruzaron ni media palabra, es encontrarse, saludarse como viejos conocidos y decir “¡no sabía que estabas por acá!, ¿qué es de tu vida, qué haces?”… acá sucede lo mismo entre compatriotas.

Y no recuerdo el Himno cantado con tanto énfasis y entusiasmo como el sábado pasado, en el local de un club de una ciudad extranjera, a 400 kilómetros de Montevideo.

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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