Opinión: Rubén Blades, retrato de rostro y corazón

La última producción del director Abner Beneim, “Yo no me llamo Rubén Blades”, es un documental que repasa la vida y carrera del emblemático cantante y músico de salsa panameño, Rubén Blades, quien cuenta con una carrera que se expande durante cinco décadas continuando en la actualidad, convirtiéndolo en uno de los músicos más influyentes de Latinoamérica.

Su premisa es interesante, comenzando con una rememoración del cantante en el que relata una conversación que tuvo con su abuela con tan solo cuatro años, tomando conocimiento por primera vez del concepto de la muerte y su inherente inevitabilidad. Es por esto que el largometraje funciona como una especie de reacción hacia dicho aspecto, irónicamente natural de la vida, con el fin de plasmar los aspectos más importantes de su trayectoria.

La película intercala escenas de la vida cotidiana de Rubén a sus 70 años, con sus intereses y hobbies, mientras repasa pequeños esbozos de su infancia e hitos de su carrera musical. Además se compone de entrevistas con testimonios de allegados del mundo de la salsa y músicos de otros géneros que dan testimonio de sus  numerosas proezas, mientras que su esposa ofrece un vistazo en su vida afectiva y su paternidad tardía.

Personalmente, la salsa nunca fue un estilo musical cercano a mis gustos frecuentes y queda claro que uno de los objetivos de este trabajo es retratar las distintas facetas de un polímata moderno, siendo su resultado una agradable introducción a un artista innegablemente único e influyente.

Blades no solamente posee un amplio rango de talentos musicales, sino que también es abogado recibido en Harvard, cuenta con una sólida carrera actoral en películas estadounidenses y  se postuló para la presidencia en su país de origen, como un intento de reconciliar la dicotomía interna entre su perfil humanista y el gran éxito económico.

El mayor énfasis gira en torno a sus letras cargadas de contenido político y social, algo que era inusual en el género musical en el que se desempeña, siendo este el factor principal que lo diferenció de sus contemporáneos, y los comienzos del despertar de su consciencia social y sus diferentes aplicaciones es el aspecto más interesante de observar.

Sin embargo, mientras que es un documental entretenido y en partes emotivo, hay que resaltar la palabra introducción, ya que balancea demasiados aspectos al mismo tiempo perdiendo el foco por momentos. Esto provoca que cuando uno comienza a hacerse ciertas preguntas sobre lo que se menciona y sería interesante indagar, dichas cuestiones nunca se vuelven a mencionar, dejando detalles poco claros y algunas narrativas sin conclusión.

Imagino que para un ávido seguidor del cantante muchas de estas cuestiones ya son algo de conocimiento común (salvo algunos aspectos de su intimidad); para los recién llegados, el enfoque suele ser reiterativo ya que la mayoría de las entrevistas aportadas no dan una verdadera introspección más allá del respeto que tienen por Rubén y la influencia que tuvo en sus vidas y carreras musicales.

De todas maneras, el mensaje es claro por lo que recomiendo que no se pierdan esta mirada dentro de la privacidad de un gran artista, más comprometido que nunca con sus causas sociales y su amor por la música. Inigualable y propio del latino: no muestra ninguna señal de que su implacable creatividad disminuya frente al avance de la edad, siendo el arte una forma de reflexión frente a los temores universales conocidos por Rubén en su temprana infancia.

Revista OZ

Lautaro Palacio es colaborador de Revista OZ, Lic. en Psicología, especialista en psicodiagnóstico. Cinéfilo.

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