Opinión: La muerte de un hombre aburrido.

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La vida de vez en cuando tiene estos guiños de genial ironía, como que Pinochet, haya fallecido un 10 de diciembre, el Día Internacional de los Derechos Humanos. O que un productor artístico, misógino, que siempre cosificó a las mujeres, fallezca, ni más ni menos, un 8 de marzo.

Pues bien, con Fernando De la Rúa se acaba de dar el mismo caso: el Presidente bajo cuyo mandato Argentina cayó en su más profunda crisis social y económica post-dictadura, falleció un 9 de julio, día de la Independencia del país.

Por supuesto,  De la Rúa no fue el único culpable de esa crisis. Como toda crisis, respondió a un conjunto de factores, entre los que cabe destacar la herencia de la década menemista y su neoliberalismo frívolo; pero ‘’Chupete’’ fue el  hombre elegido por la mayoría del pueblo argentino precisamente para desmontar una década del tinglado anterior. El hombre elegido para encabezar, liderar y coordinar un equipo de trabajo.

En la campaña política que lo llevó a la presidencia se hizo famosa la frase ‘’Dicen que soy aburrido’’, mientras criticaba las grandes fracturas sociales que dejaba atrás la gestión de Menem. Tiempo después, esa frase tomaría un signo tragicómico…

Sus inicios

Había nacido en la provincia Córdoba hacía 81 años. Desde su juventud comenzó a militar en la Unión Cívica Radical (UCR) el partido de Hipólito Yrigoyen, Illia y Alfonsín. A los 21 años se recibió de abogado, pero fue durante la presidencia de Illia, que De la Rúa dedicaría el resto de su vida a la actividad política.

Fue asesor del Ministerio del Interior entre 1963 y 1966, hasta el golpe de Estado de Onganía. En 1973, cuando Cámpora es electo Presidente, él resultó elegido Senador por Buenos Aires. En las segundas elecciones de ese año, luego de la renuncia de Cámpora y el final de la proscripción del peronismo, De la Rúa, por entonces de 36 años, completó la fórmula presidencial radical junto a Ricardo Balbín. Salieron segundos, con 25% de los votos, muy lejos del 62% de la fórmula Perón-Perón.

Con el nuevo golpe de Estado, en marzo de 1976, volvió a concentrarse en su actividad política, retomado la militancia en 1983, como posible aspirante a la presidencia por el radicalismo. Sin embargo, fue desplazado por la candidatura de Alfonsín, y volvió a ser Senador.  En 1989 no pudo renovar su banca, que perdió –en medio de la hiperinflación y la renuncia de Alfonsín- a manos de un candidato del Partido Justicialista. Dos años después, sin embargo, volvió al Parlamento como Diputado, y asumió el cargo de Jefe de bloque de la UCR.

Consolidación: primer jefe de gobierno porteño

En 1992 derrotó al candidato menemista para el Senado. La primera y más importante derrota electoral del peronismo menemista en esa  época que llevaba viento de cola.

Desde ese entonces, hasta su elección como Presidente en 1999, fue su momento más brillante en el siempre nublado firmamento de la política argentina. Luego del Pacto de Olivos entre Menem y Alfonsín, que permitió avanzar en la reforma de la Constitución, De la Rúa vio su oportunidad con la introducción del autogobierno porteño. Además de por su trágica presidencia, también quedará por siempre en la historia como el primer Jefe de Gobierno en la historia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.  Fue electo el 30 de junio de 1996 y asumió el cargo el 6 de agosto.

En ese tiempo ya se comenzaba a evidenciar el agotamiento del modelo menemista, incluyendo las limitaciones y costos sociales de la convertibilidad cambiaria. En 1997 la UCR pacta con el Frente Patria Grande, de centro izquierda, liderado por Carlos ‘’Chacho’’ Alvarez, que obtuvo una victoria en las elecciones legislativas de ese año.

En noviembre de 1998 enfrentó, y derrotó, a Graciela Fernández Meijide en las internas radicales, y luego pactó una fórmula presidencial encabezada por él mismo, con el ‘’Chacho’’ Alvarez como candidato a Vicepresidente.  Ganaron en octubre de 1999, en primera vuelta: 48% de los votos, frente al 38% de la fórmula Duhalde-Palito Ortega.  El segundo presidente de origen radical electo en la post-dictadura.

El 10 de diciembre de 1999 asumió la presidencia. Luego de décadas de militar, y seguir el derrotero habitual de todo político tradicional, ese día, marcó el punto más alto de su carrera política.

Desde el día siguiente todo comenzó a ir barranca abajo. 

Presidencia y final

Su imagen de hombre serio, austero y cauteloso, mutó en la de un Presidente dubitativo, confundido, y débil. Habría que ver cuánto colaboró en la construcción de esa imagen, las imitaciones de humoristas que por ese entonces –sin la explosión de las redes sociales- se viralizaron en programas de televisión. Los mismos medios, que antes se habían arrojado la adoración acrítica de Menem y su entorno frívolo; no tuvieron piedad con De la Rúa, caricaturizándolo casi como si fuera un anciano senil.

Por supuesto, errores propios tuvo, y varios. Tal vez el mayor de todos apostar a una convertibilidad del peso-dólar, que a todas luces era insostenible. Pero no sólo eso. Se mostró alejado de las necesidades y el sentir de la gente común y corriente, decretó medidas impopulares, como un tarifazo, y la congelación del gasto público por 5 años, acordada con la oposición.

Mientras tanto, el desempleo seguía en aumento, pese a que en su campaña había prometido bajarlo a la mitad.

En octubre del año 2000, el Vicepresidente, ‘’Chacho’’ Alvarez renunció al cargo, alegando la existencia de hechos de corrupción en el gobierno, incluyendo el Senado de la Nación. Supuestamente habrían sido coimas pagadas desde el Ejecutivo para que legisladores votaran el proyecto de ley de flexibilización laboral. Eso terminó con el gobierno de la Alianza.

A fines del año 2000 recibió un ‘’blindaje’’ de 40.000 millones de dólares por parte del FMI. Ese ‘’blindaje’’ venía asociado a un paquete de medidas, típico de las fórmulas del Fondo en aquel tiempo (y aun ahora): aumento de impuestos a la clase media, recortes salariales a los trabajadores públicos. El manotazo de ahogado de su gestión, en medio de una crisis social cada vez más grave, fue volver a convocar a Domingo Cavallo, el ideólogo de la Convertibilidad y Ministro de Economía de Menem.

Cada vez más encerrado en un pequeño núcleo de cortesanos integrado por expertos en marketing, economistas liberales, y familiares vacuos, conocido como ‘’Grupo Sushi’’, perdió el poco contacto que le quedaba con la sensibilidad exterior. Los últimos intentos de mantener la convertibilidad, promesa de campaña a la que se ató, podrían integrar un manual de absurdos económicos.

El 20 de diciembre, en medio de cacerolazos, saqueos, y protestas sociales generalizadas, decretó el estado de sitio. Esas horas trágicas se saldaron con 39 muertos, y la famosa imagen del Presidente huyendo de Casa Rosada en helicóptero, luego de haber renunciado, en una Argentina en carne viva.

Desde ese entonces, acuciado por problemas de salud, y algunos juicios –de los que resultó sobreseído- prácticamente se retiró de la vida pública. Tenía problemas cardíacos, y el año pasado había sufrido dos infartos. Hace unos días había ingresado a la clínica Fleming por una descompensación cardíaca.

Con él, muere uno de los últimos políticos tradicionales del país, y el último presidente de origen radical.

Lo que no muere, es su legado, uno por siempre asociado a la peor de las crisis vividas en el país.

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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