Elecciones en Brasil: la opción es entre civilización y barbarie

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El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) aprobó un documento, no muy extenso (consta apenas de 30 artículos y un preámbulo) pero inversamente relevante para la comunidad internacional, y para la Humanidad: la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Se trata no tanto de una norma jurídica, como de un documento que establece los principios básicos de que significa ser un individuo de la especie humana, y por tanto, de que derechos es portador cada uno (o todos nosotros) y cuyo garante es cada Estado que forma parte de la comunidad internacional.

Los Derechos Humanos son tanto un freno del Estado respecto a las libertades de las personas, como una obligación que tienen en su defensa y promoción.

No es de ninguna manera un texto perfecto. Pero en su elaboración fue necesario negociar, discutir, debatir y llegar a acuerdos. Fue necesario también, estudiar, analizar y sistematizar miles de documentos jurídicos, filosóficos y políticos, redactar y desechar borradores, hasta llegar a la redacción final.

Con sus errores y con las críticas que se le pueden hacer, a 70 años de su aprobación sigue siendo el mejor y más ambicioso programa político en el que se haya embarcado el Ser Humano, sobre los restos, todavía humeantes, de la II Guerra Mundial y el horror del Holocausto nazi.

Es el intento de construir una civilización global, basada en el respeto y reconocimiento de la diversidad y el disenso, y de que los derechos de una mayoría no pueden negar ni pisotear los de ninguna minoría.

Y, por supuesto, es un límite –o intenta serlo- frente a la barbarie. Y en caso de que estas sean cometidas, que los responsables de cometerlas no queden sin castigo.

La democracia admite y posibilita que existan personas que sean racistas, homófobas, xenófobas y misóginas. También admite la existencia de personas que reivindiquen regímenes totalitarios. Si no, no sería democracia. Es parte de la libertad de pensamiento y expresión.

DEMOCRACIA Y DERECHOS HUMANOS

Lo que la democracia, desde la perspectiva de los Derechos Humanos, no admite, es que se recorten derechos una vez conquistados/alcanzados/reconocidos. Por poner un ejemplo concreto: una vez reconocido el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio, no debería o no podría volverse atrás y derogarlo. A nadie (o a casi nadie) se le ocurriría hoy en día volver a legalizar la esclavitud, pero aun en el caso de que sucediera, el Derecho Internacional Humanitario lo prohíbe.

Tampoco admite que se reivindique la tortura, una de las situaciones más aberrantes de violación a los derechos de las personas, que está expresamente prohibido en el artículo 5 de la Declaración Universal: Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.

Jair Bolsonaro

Por ello resulta tan preocupante que un candidato como Jair Bolsonaro, con un voluminoso prontuario en declaraciones misóginas, homófobas, racistas y xenófobas… además de apoyar la tortura y reivindicar la pasada dictadura brasileña (1964-1985) haya resultado el candidato más votado en la primera vuelta de las elecciones brasileñas, y cuente con grandes chances de resultar electo en el balotaje.

No se trata de lo que piensa, si no de lo que propone, y de lo que podría hacer. Hace poco más de dos meses anunció que de resultar electo, retiraría a Brasil de la ONU. Con esto se posicionaría por fuera de la Declaración Universal de Derechos Humanos y todo el andamiaje del Derecho Internacional Humanitario.
Si bien parece una fanfarronada, en realidad sería una actitud coherente con el cumplimiento de algunas de sus políticas de campaña, como acabar con las reservas indígenas y las “quilombolas” (asentamientos en los que se refugiaban los esclavos rebeldes, y en las que ahora viven sus descendientes) De hecho, en su programa de gobierno no hay una sola mención a la deforestación del Amazonas, ni al calentamiento global.

La explicación es que, siendo Brasil integrante de la ONU y habiendo firmado y ratificado pactos internacionales que amparan los derechos de los pueblos originarios, el Estado brasileño está obligado, no solo a reconocer a dichos pueblos, sino a protegerlos y reconocerles el uso y propiedad sobre sus tierras ancestrales. Ninguna actividad económica puede ser resuelta en ellas sin su anuencia.

El problema es que muchas de estas tierras serían propicias para actividades económicas como la ganadería, agricultura, e incluso la minería, y uno de los grupos que apoyan a Bolsonaro, es el de los fazendeiros (ruralistas) que ya cuentan con una poderosa bancada legislativa que busca impulsar los intereses de los mayores terratenientes brasileños. Y esos intereses coliden directamente con el de las comunidades indígenas y quilombeiras.

En el choque entre civilización y barbarie, Bolsonaro también ha tomado posición, y es una de corte “sarmientista”, muy parecida a la esgrimida por las potencias europeas en la Conferencia de Berlín (1884) cuando se repartieron África como quien reparte una torta de cumpleaños, porque había que modernizarla, sin importarles que hubiese millones de africanos viviendo allá, ni si querían que los europeos los fueran a “modernizar”. Es un concepto civilizatorio de mediados del siglo XIX, pero aplicado a comienzos del XXI.

Otra de sus propuestas consiste en excluir a los policías en actividad de la punibilidad (léase: habilitar legalmente el gatillo fácil) a lo que se suma que varias veces se ha demostrado partidario de habilitar la tortura como “método” para obtener confesiones en delitos como narcotráfico y secuestros, aunque justo es reconocer que esto no figura actualmente en su programa.

Tampoco figura nada en relación a la población LGBT, que desde 2013 cuenta con una serie de derechos, incluido el matrimonio y la adopción, reconocidos explícitamente por el Poder Judicial; el cambio de sexo legal, poder ingresar a las Fuerzas Armadas y donar sangre; e incluso, recientemente ha matizado sus declaraciones mas homófobas, afirmando que las personas homosexuales serán muy felices en caso de ser Presidente.

No obstante, siendo que los evangélicos son su otra base electoral fuerte, y estos se oponen rotundamente al reconocimiento de derechos igualitarios a la población homosexual, no sería raro que en algún momento recortara derechos adquiridos por la colectividad LGBT brasileña.

La democracia no es solamente una mera cuestión formal y procedimental mediante la cual cada cierta cantidad de años elegimos a nuestros representantes; implica, también una serie de valores compartidos, de respeto, de tolerancia, de aceptar la diversidad. Es terriblemente maravilloso que la democracia pueda generar un Bolsonaro, pero también es la misma democracia la que debe generar los anti-cuerpos para que los discursos y propuestas retrogradas, de Bolsonaro (Trump, Salvini, y Le Pen) no prosperen y no retrocedamos casilleros hacia la barbarie.

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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