Opinión: El filósofo contra el mundo

Opinión: El filósofo contra el mundo

Había una antigua serie de televisión, “Los invasores”, que fue emitida originalmente entre los años 1967 y 1968. La historia de ficción trataba el drama de un hombre solo, David Vincent, quien había sido testigo del aterrizaje de un platillo volador, y a partir de allí, toma consciencia de que seres extraterrestres provenientes de un planeta en extinción vendrían a invadir la tierra. Nadie le hace caso y todos creen que se volvió loco. Decide entonces llevar a cabo la solitaria misión de salvar la tierra tratando de despertar a los dormidos, exponiéndose a la burla y al encierro.

Reflexionemos en lo siguiente: si esto sucediese en la vida real lo más probable es que ocurriera en un sentido inverso: gran parte de la humanidad creería en la llegada de los alienígenas y un héroe solitario intentaría convencerlos de que están todos dentro de una inmensa alucinación. ¿Cuál es la verdad y cuál es el error?

Roy Thinnes interpretaba al héroe anónimo, David Vincent

Michel Foucault ya lo señaló a lo largo de su obra filosófica: el problema del loco es que está solo, y en cambio, los normales son la mayoría. El mismo drama que padece el místico. Parece que la “normativa” no tiene que ver con el sentido cualitativo sino cuantitativo.  No importa cuán absurdo sea una creencia, si la aceptan todos “es la verdad” por convención: pero la mayoría no garantiza la realidad.

Esto quedó en evidencia en 1938 cuando un programa de radio conducido por Orson Welles leyó al aire una porción de la novela de H: G: Wells “La guerra de los mundos”. Los oyentes creyeron realmente que estaba ocurriendo una invasión extraterrestre y salieron a las calles enloquecidos. Algo similar ocurrió durante un experimento burlesco que se realizó en Quito en 1949. El diario “El comercio” publicó días antes una serie de artículos falsos sobre avistamientos OVNIs. Luego, una emisora de radio, en complicidad, anunció a viva voz la presencia de un artefacto volador sobre la ciudad y a causa de esto hubo una gran agitación popular.

Orson Welles

Esto demuestra que las masas suelen creer en lo absurdo más que en algo real. Sigmund Freud hablaba de que todos tenemos en el fondo inconsciente “remanentes arcaicos” que no importa cuán sensatos seamos, estos nos acerca al pensamiento mágico e irracional ante una situación límite. Carl G. Jung, con su hipótesis del “inconsciente colectivo”, pensaba que hay ciertos arquetipos universales compartidos por toda la humanidad, similares a las ideas platónicas, que condicionan nuestros actos, traumas y creencias. Ante un peligro que amenaza la vida, sea real o imaginario, el sujeto tiende a revivir esos arquetipos produciendo en él un terror irracional y cayendo en una creencia mágica de la que le será muy dificultoso salir por sí mismo.

Hoy la humanidad se enfrenta a una amenaza mundial con un sustrato real: la pandemia del coronavirus, donde la pérdida de la vida es una posibilidad cercana, y a raíz de este acontecimiento, surgen de su inconsciente un sinfín de situaciones y teorías que lo llevan a una paranoia global. Toda la humanidad está viviendo esta ilusión sobre un suceso real, consensuadas por el bombardeo constante de los medios de comunicación.

Asistimos a un fenómeno sociológico muy interesante, que cuando esto pase y la humanidad despierte será seguramente pasto para una tesis de investigación: la construcción colectiva de un mito del que será muy difícil salir y recuperar la cordura.

Hoy el terror es tal que es muy problemático plantear un discurso coherente distinto y tranquilizador. Pero esa es la misión del intelectual. Ante el pánico internacional que padecemos condicionados por la híper-desinformación se da lugar a la construcción de un relato global pocas veces visto. La masa crítica y la débil capacidad ciudadana para pensar correctamente han levantado un Gólem imaginario muy difícil de deshacer.

La humanidad está en una trampa psicológica que pocos pueden ver su verdadera dimensión. Las consecuencias catastróficas que esto puede traer son enormes. Debemos recuperar como sociedad rápidamente la cordura. El terror injustificado los ha paralizado. Pero poco es lo que se puede argumentar, ya que se descalifica al que piensa distinto y se sacrifica al héroe solitario que intenta reflexionar con claridad.

Entonces, dicho héroe solitario al que nadie cree tiene dos caminos, o bien callarse como hacen los místicos, que ocultan la verdad para no ser sacrificados en el altar de los mártires, o por el contrario, arrojarse al juicio injusto de la mayoría: a la cicuta de Sócrates, a la cruz de Cristo, a la hoguera de Bruno o al exilio de Spinoza. Creo que es hora de que cada uno piense por sí mismo y decida en qué creer y en cómo actuar: es la oportunidad de ser, como decía José Ingenieros, o idealistas o mediocres.

Revista Oz

Sergio Fuster, colaborador de Revista OZ, es Teólogo, filósofo, ensayista y escritor.

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