El dulce encanto de la memoria: Barrio de tango

                Alguien dijo una vez 
Que yo me fui de mi barrio, 
¿Cuándo? …¿pero cuándo? 
Si siempre estoy llegando.
Y si una vez me olvidé, 
Las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja 
titilando como si fueran manos amigas, 
Me dijeron: ¡gordo, gordo, quedate aquí! 
¡Quedate aquí! 

Aníbal Troilo

Troilo amó a su barrio y éste a él. A los diez años después de mucho insistir, su mamá Felisa (es el femenino de Félix, y viene de feliz), le compró el primer bandoneón en $140, en catorce cuotas de $10. Pero cuentan, que a la cuarta cuota el vendedor desapareció y nunca cobró el resto. Troilo lo usó hasta sus últimos días. Le decían pichuco (para algunos deriva de picciuso que significa llorón). Podría ser, él era extremadamente sensible.

Aníbal es un nombre de origen fenicio, los que fundaron Cartago, donde nació el otro Aníbal, de apellido Barca que no tocaba el bandoneón pero que tenía mucho coraje (y además 38 elefantes entrenados) y se le paró de manos a Roma. Pararse de manos en el lunfardo es ostentar y bancarse una pelea. Parada es actitud desafiante. Así leemos:

Yo tengo un pedigrí que no se achica/ y hago pata ancha en cualquier parada/ ni amortajado lo verán que hocica/ a este tungo en su última largada (Carlos Alberti)

Este es autor de la poesía malevo. Leemos en el diccionario de lunfardo que es “un apócope de malévolo, sujeto pendenciero, matón”, solía tener su parada en alguna esquina. En fin cosas del honor que siempre cuesta entender. (Tal vez sea más ego que honor).

Troilo tenía por amigo al talentoso Homero Manzi, y juntos hicieron el tango Barrio de tango, una pieza única de nuestra música ciudadana.

Algo tenían en común los dos Aníbal, ambos miraban el cielo para orientarse: uno para llegar a Roma y el otro para llegar a la casa de Felisa (las madres siempre nos esperan). La cuestión es que en la antigüedad usaban las estrellas para encontrar el norte y por él, el rumbo. Orientarse viene de buscar el oriente. El norte lo daba la estrella polar. En nuestro hemisferio la Cruz del Sur. señala el sur. Los marinos usaron el astrolabio y el sextante.

Mirar el cielo siempre es una guía, dicen los cristianos (que miran a Jesús como un modelo  que orienta).

El principito
El principito

Cuando miro el cielo desde alguna provincia argentina, me viene a la mente Saint Exupéry, aviador y escritor (de los buenos) y pienso en el principito en su bondad y ternura. Ese que cuidaba las rosas que llegaban a su vida y no se desentendía (hoy la tendencia a descartar llegó a las emociones) La televisión es un mal ejemplo  de formas para relacionarnos y enseñarnos a ser humanos; por eso es buena la frase de Groucho Marx: ¨Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro¨.

Saint Exupéry con una mirada de niño nos modificó, y en ese cielo ubicó distintos planetas habitados por personajes que son una alegoría (tiene un significado simbólico) de nuestras miserias. ¡Quisiera mirar el cielo con los ojos de Exupéry! También quisiera la sensibilidad de Troilo y el coraje de Aníbal, pero bueno calmaré  mis afanes, haciendo memoria, que convengamos, también tiene… un dulce encanto. ¿No le parece?

Revista OZ

Eduardo Agustín Gil es colaborador de Revista OZ, escribe la columna ¨El dulce encanto de la memoria¨. Profesor de Historia, Lic. en Educación de UNSAM, Master en Museología en España, escritor de obras de teatro, cine, cuentos y novelas.

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