El dulce encanto de la memoria: El baño, un lugar en el mundo

“Ese lugar tan sagrado donde acude tanta gente…”

Miguel de Cervantes Saavedra

El hombre eligió sus primeros lugares de asentamiento cerca de los ríos. El agua le permitía entre otras cosas, un baño (ora refrescante, ora congelante). Con el correr de los siglos ese hábito de higiene se fue consolidando. Así como cambiaron costumbres y vestimenta, también se fue modificando la relación con el baño. Desde ese río pasó a un lugar dentro de la casa: primero alejado y después cercano.

En la domus romana (casa a cargo de un pater familias) los desperdicios fisiológicos se lanzaban por la ventana de la vivienda. Así aparecieron las primeras gambetas y corridas cortas.

A pesar de tener los baños termales casi tan modernos como los actuales, los romanos no tenían cuarto de baño en sus hogares.

Las primeras construcciones de baños, fueron letrinas rudimentarias. Tan solo un agujero en la tierra. Luego se mejoró el espacio se techó y se construyó un sistema de acumulación y desagote.

Al baño lo relacionamos con la asepsia, que es la ausencia de gérmenes. Ignaz Philip Semmelweis (1818- 1865) fue un médico  de origen alemán, que nace en Hungría y que hoy es reconocido como el creador de los procedimientos antisépticos es llamado el “salvador de madres” pues descubrió que la incidencia de la fiebre puerperal, también conocida como “fiebre del parto”, podía ser disminuida drásticamente usando desinfección de las manos en las clínicas obstétricas. ¡Así de sencillo!.

En la corte y en el seno de la nobleza o de la burguesía, la higiene estaba relacionada con las exigencias de la respetabilidad social. Llevar un vestido limpio era un buen indicador de la posición social que alguien ocupaba: cuanto más rico era uno, más se cambiaba de vestido. Del mismo modo, en cuanto al cuidado corporal lo importante era la apariencia. Muy a menudo no se intentaba eliminar la suciedad, sino disimularla con productos que cubrieran las imperfecciones de la piel y la blanquearan. Por ello, estar limpio consistía en frotarse la piel con pastillas de jabón de Florencia o de Bolonia, con perfume de limón o de naranja, o lavarse la cara con vinagre perfumado. Eran frecuentes los afeites (sustancia o producto que se usa para cuidar o embellecer)

En 1762, en su obra Emilio, Rousseau aconsejaba bañar a los niños en agua fría para fortalecerlos.

El baño era un lugar de descanso, incluso de vida social. No se consideraba indecente recibir a los amigos en la bañera. Pero progresivamente el aseo se privatizó y se individualizó, dando forma a nuevos momentos y espacios de intimidad. Curiosamente ni en el palacio Versalles, con ese lujo desmedido en cada detalle ni en el de Fontainebleau, (más antiguo,) había retrete alguno y sin embargo en El Escorial, mucho más austero, si los había  en tiempos de Felipe II.

Así, María Antonieta permitía sólo la presencia de dos criadas mientras se bañaba. 

En el siglo XVIII se inventaron en Francia las bañeras con desagüe y en 1868 en Inglaterra se inventó el baño de agua caliente que funcionaba con gas. En 1883 en Estados Unidos se empezaron a producir bañeras de hierro fundido en Estados Unidos.

La misma agua la usaban varias personas. ¡No ponga esa cara! Esas marquesas de escotes pronunciados e insinuantes, tan graciosas y afectadas llegaban acompañadas de un perfume que vaya a saber que ocultaba. Sí sabemos que ocultaba…

Disfrute entonces de los beneficios de este progreso invasor y al hacer memoria mire su baño y solamente sonría.

¿Ha visto?

Revista OZ

Eduardo Agustín Gil es colaborador de Revista OZ, escribe la columna ¨El dulce encanto de la memoria¨. Profesor de Historia, Lic. en Educación de UNSAM, Master en Museología en España, escritor de obras de teatro, cine, cuentos y novelas.

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