El dulce encanto de la memoria: De Ana Karenina a Rosita Quiroga

“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”

León Tolstói

Tolstói (1828-1910) famoso por sus novelas,  Ana Karenina y La Guerra y la Paz perteneciente al realismo, es uno de los grandes escritores mundiales, y quien, con fina pluma describe su tiempo, desde la aristocracia hasta las clases más bajas: es profundo en los juicios y eficaz en el relato.

La aldea es menor al pueblo. El término es de origen árabe y puede traducirse como la villa, y en la edad media rodeaban a los castillos.

Buenos Aires fue alguna vez una aldea según Lucio López, (1848-1894 contemporáneo de don León) y en su novela La gran aldea (1884) pinta un retrato a la vez nostálgico e irónico, con personajes, hechos y costumbres del país en ciernes, en  donde se advierte el grado de transformación de lugares y de personas.

López está relacionado con Buenos Aires. Su padre Vicente Fidel López (1815-1903) historiador, abogado, diputado y con un alto cargo en la masonería, formó parte del Salón Literario y opositor de Rosas. Este a su vez era hijo de Vicente López y Planes, sí, el del himno (1784-1856) de larga trayectoria política fue cercano a Belgrano y opositor a Saavedra.

El himno se leyó por primera vez en público en la tertulia realizada en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, un sábado de mayo de 1813. Desplazó a otra marcha patriótica, escrita por Esteban de Luca, (amigo de López) que hubiera sido el Himno nacional argentino. Triunfó el de López más belicista.

La música fue escrita por el catalán Blas Parera, a quien encuentran, los entendidos, compases de Mozart, (de la sonata de 1781) al que seguramente admiraba. Creo que no es más que eso. En 1860 Juan Pedro Esnaola (admirador de Rossini) le da al himno un valor armónico superior y así llega a nuestros días.

Esta sucesión genealógica de los López en la historia nacional, tiene enorme matices. El autor de la Gran aldea, tuvo un conflicto con el coronel Carlos Sarmiento (hombre de armas) y lo retó a duelo a Lucio López, hombre de pluma. El duelo fue en lo que hoy es la avenida Luis María Campos, cerca del hipódromo. En ese contraste usted ya prevé el final de don Lucio. Sí, murió de un tiro en el abdomen acompañado por sus amigos del Club El Progreso.

Su amigo Miguel Cané (el de Juvenilia) escribió: «Lucio ha muerto en un duelo por un hombre a quien vio por primera vez en el terreno y a quien como interventor había entregado a la justicia para su juzgamiento ¿Que hizo de mal en batirse? Harto lo sabemos: Pero este hombre lo insultó gravemente y nuestro amigo cedió a la preocupación social».

Con ese acto propio le dio la última pincelada a la gran aldea escenario de nuestra historia, igual que Tolstói hiciera con su Rusia: finalmente nada es nuevo bajo el sol.

Dos años después de que saliera La gran aldea, nacía en ese lugar Rosita Quiroga, cantante arrabalera quien con su guitarra nos pinta un tiempo.

Le dejo esta obra de 1928, veinte años después que muriera el último de los López.

Y bueno, cuestiones de la memoria….

¿Ha visto?

Revista OZ

Eduardo Agustín Gil es colaborador de Revista OZ, escribe la columna ¨El dulce encanto de la memoria¨. Profesor de Historia, Lic. en Educación de UNSAM, Master en Museología en España, escritor de obras de teatro, cine, cuentos y novelas.

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