El dulce encanto de la memoria: Árboles que inspiran

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

Francisco Luis Bernárdez

Francisco Luis Bernárdez nació en Buenos Aires a fines del 1900, hijo de españoles viajo a España y volvió a los 24 años; se unió al grupo  Florida. Perteneció al ultraísmo y trabó una hermosa amistad con Borges. Escribió en la revista Criterio y fue fundador del diario El mundo. Eligió vivir unos años en Jesús María, Córdoba. Cuando visité su casa entendí ese amor por los árboles y su sabiduría oculta como las raíces de su sensibilidad. ¡Vaya alegoría!

Francisco Luis Bernárdez
Francisco Luis Bernárdez

Los árboles nos acompañan en nuestra vida. En las cuadras que caminamos a diario hay árboles, porque nuestros abuelos fueron grandes propulsores (y trabajadores). A propósito, recuerdo la historia que contó cierta vez Saramago, respecto de su abuelo, quien antes de morir pidió lo llevaran al patio y abrazó al árbol familiar despidiéndose.

El 29 de agosto de 1900 fue establecido el Día del Árbol en la República Argentina. Fue por iniciativa del Dr. Estanislao Zeballos desde el Consejo Nacional de Educación. Zeballos fue un destacado intelectual de la generación del 80; fue un científico que propició la creación del Museo de Ciencias Naturales, periodista del diario La  Prensa, y además  apoyó al perito Moreno en sus expediciones.

Nuestro árbol nacional es el Ceibo  y su flor, la nacional por decreto del año 1942. No obstante nuestro país es riquísimo en diversas especies en cada una de las provincias. Algunos autóctonos como el ombú (algunos dicen que no es árbol) característico de la pampa o el quebracho (significa quiebra hacha), el palo borracho, el jacarandá, (el plural es jacarandaés) la tipa, el algarrobo etc.

Sobre el quebracho leo en un antiquísimo libro de botánica: “Al igual que otros integrantes de la familia Anacardiáceas, como los melles, este quebracho produce una reacción alérgica a las personas que toman contacto con la planta o sus productos. Los aborígenes denominaban paaj a la especie y a su dolencia, que en quechua significa “cosa que vuela, por la forma casi misteriosa con que surgen las molestias en la piel. La prevención es sencilla: ser respetuoso con el árbol. Hay que saludarlo, entregarle ofrendas. Y, en definitiva, hacerse amigo de quebracho. De forma similar se opera con los molles.”

En la década del 60 creo, se hizo famosa una canción que se llama “Ata una cinta amarilla al viejo roble”. Tiene una historia linda: un preso queda en libertad después de tres años de encierro y le dice a su antigua novia que si todavía lo quiere ate una cinta amarilla al viejo roble de la puerta de su casa, que él vería al pasar con el autobús.

Gabriela Mistral dijo en su himno al árbol:

Árbol que no eres otra cosa
que dulce entraña de mujer,
pues cada rama mece airosa
en cada leve nido un ser.

Acá cerquita de donde escribo en San Justo, nació en 1854 el poeta Almafuerte, maestro, diputado y periodista, cuya función la ejerció en La Plata. Un hombre sensible, claro y talentoso. Su nombre era Pedro Bonifacio Palacios. Utiliza la imagen del roble de exquisita manera. Eso tienen de bueno los poetas, suelen mirar lo que no siempre vemos.

Usted que sabe mi debilidad por hacer memoria, acompáñeme y disfrute estos versos ideales para cuando se siente desolado y la sociedad líquida (Zygmunt Bauman) le pasa por encima:

Piu Avanti

No te des por vencido, ni aún vencido,

no te sientas esclavo, ni aún esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;

no la cobarde intrepidez del pavo

que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora;

o como Lucifer, que nunca reza;

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora…

¡Que muerda y vocifere vengadora,

ya rodando en el polvo, tu cabeza!

Almafuerte

Los árboles mueren de pie, usted y yo no… aceptémoslo.

¿Ha visto?

Revista OZ

Eduardo Agustín Gil es colaborador de Revista OZ, escribe la columna ¨El dulce encanto de la memoria¨. Profesor de Historia, Lic. en Educación de UNSAM, Master en Museología en España, escritor de obras de teatro, cine, cuentos y novelas.

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