Cuando ser inteligente no es sinónimo de elegir bien

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“Un buen promedio no nos garantiza que tomaremos buenas decisiones en nuestra vida. Por eso nos esforzamos por alcanzar la sabiduría que perdimos.” Esas eran las palabras de muchos profesores que conocí. También son las mismas palabras que digo hoy (y diré mañana) y no porque tener notas “promedio” sea un fracaso intelectual, sino porque un número no define las capacidades de una persona. No podemos juzgar a un pez como bueno o malo por si puede trepar un árbol como sí haría un mono.

Tampoco quiero que se interprete que estoy en contra de los genios, ya que sin ellos no existiría el progreso. Simplemente afirmo que la inteligencia que no se usa de forma sabia es un monstruo sin ética librado a este mundo.

¿Y este porqué dice eso? se dirá el lector en su mente…

Lo digo porque al fin y al cabo la ciencia pudo desterrar un gran mito: tener un coeficiente intelectual alto no significa que las personas tomen las mejores decisiones en su vida. Incluso un coeficiente alto puede atraer aparejados problemas psicológicos: depresión, estrés, narcisismo, incapacidad para relacionarse con el resto de las personas.

Ahora bien, imperceptiblemente en el horizonte de la reflexión sobre el tema sale a luz otra pregunta: “Si la ignorancia da la felicidad, ¿La inteligencia da la tristeza?”

De aquí se deduce que a mayor inteligencia hay mayores posibilidades de desarrollar una gran capacidad de abstracción y con ello la angustia existencial constante, de lo que puede derivar, por ejemplo, el aislamiento social.

Haciendo historia

Las investigaciones en la inteligencia humana comienzan en 1926 cuando el psicólogo LewisTermin decidió usar una prueba para estudiar a un grupo de niños superdotados denominados “termitas”. Algunos de estos niños alcanzaron la fama y fortuna, otros tuvieron una vida “común” con profesiones u oficios tradicionales como policía, médico, bombero, etc.

El estudio rastreó a estos niños a lo largo de su vida. Se intentaba saber si realmente eran diferentes a una persona común. Los resultados arrojaron que la mitad presentaba los mismos problemas que personas sin el mismo coeficiente intelectual. Ello se vio reflejado es un igual tasa de divorcios y adicciones.

De esto se pudo concluir que la felicidad no se mide por un test de coeficiente intelectual, sino que es algo muy subjetivo y personal ya que una persona es feliz en la medida en que se siente satisfecha con lo que posee y sus capacidades para desenvolverse en la vida.

El talento que nos ata

 En la década del 90 se les preguntó a quienes fueron “Niños termitas” si creían ser felices o que habían cumplido los sueños que se propusieron cuando eran jóvenes. La mayoría confesó que no pudo cumplir sus sueños y que inevitablemente tuvieron un vida común o peor al resto.

¿Cuál es la solución para elegir bien?

En la Universidad de Toronto luego de décadas de estudiar la racionalidad se llegó al punto de que la gente de alto coeficiente intelectual tiene “un punto ciego de la parcialidad”, una incapacidad de ver los defectos propios. Esta parcialidad no discrimina según el estrato social. Todos los llevan inscritos.

Lo único que nos lleva a tomar decisiones correctas es la sabiduría, ya que esta se basa en la experiencia y también en nuestra capacidad por ejercitarla. Podemos deducir que las mejores decisiones vienen con la experiencia y esta con los años.

Crédito imagen: Manuel P. Báñez

Revista OZ

Agustín Niello colabora en Revista Oz. Es estudiante de Derecho en la Universidad Nacional del Litoral. Es de Santa Fé, Argentina.

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