Crítica de El kiosco, la nueva película protagonizada por Pablo Echarri

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“El Kiosco” es la nueva película protagonizada por Pablo Echarri, escrita y dirigida por Pablo González Pérez. La misma cuenta la historia de Mariano, un hombre trabajador de clase media y padre de familia frustrado con las dificultades económicas y sociales de Argentina. Un día decide dejar la tediosa rutina para ser dueño del kiosco ubicado en el barrio de su infancia, en un intento ingenuo de revivir una época donde comenzaba a conocer la libertad y todos sus potenciales.

Sin dudas la premisa no es nada nuevo, pero las historias que involucran a un individuo común que se ve abatido por las turbulencias cotidianas siempre son interesantes de explorar, sobre todo en un sistema capitalista que parece ideado para que los honestos caigan en la trampa, en un avance implacable de la posmodernidad.

Una buena apertura de los primeros minutos de cualquier película establece el tono y nos dice exactamente qué tipo de personajes y trama podemos llegar a esperar, más allá de las subversiones que se puedan encontrar a favor de la visión de cada cineasta. En el caso de “El Kiosco”, los primeros planos misteriosos e intencionalmente confusos, junto a una música ominosa, establecen que vamos a estar acompañando a una persona que ha tomado malas decisiones hacia un camino oscuro y veremos cómo ese viaje se desenlaza de a poco.

Mientras miraba, me era inevitable pensar en el gran segmento de Bombita (Ricardo Darín) de la película Relatos Salvajes de Damián Szifron, el cual relata una vivencia similar con toques de drama real y humor negro que terminan realzando su propósito. Lamentablemente en este caso no sería similar, ya que las destrezas no suelen pasar la apertura inicial comentada anteriormente.

Básicamente todas las ideas quedan a mitad de camino con implicaciones que disminuyen cualquier uso alegórico que se le pueda dar. El personaje de Echarri se encuentra acorralado constantemente y desciende en la desesperación, con auténticos exabruptos de ira frente a su familia y ataques de pánico.

Sin embargo, la película decide desarrollar estas escenas en forma cómica, ya que mientras Echarri se quiebra durante una cena familiar, su esposa e hija ríen pícaramente en complicidad, aunque la actuación de Echarri es demasiado intensa y en el ambiente hay demasiada tensión para que pueda ser pasada por un momento amigable.

No es imposible hacer una sátira de los terrores de la modernidad, y aunque aquí hay intentos de realizarlo, la película es demasiado segura y cargada de clichés, sin suficiente creatividad para ser un completo comentario absurdo sobre el estado de la situación social.

Lo que más me sorprende es el final de la historia, no sólo es completamente forzado, sino que invalida todo el arco narrativo de su protagonista y le da una solución completamente mágica a algo que se apegó tanto a lo real.

Quizá más apropiada para un corto de media hora como el de Relatos Salvajes, siento que podría haber sido mucho más que el producto final que recibimos, sobre todo tomando el interesante concepto de un intento ingenuo de regresar a una infancia idealizada, y el inevitable descubrimiento de que las cosas sólo son como nosotros creíamos.

Revista OZ

Lautaro Palacio es colaborador de Revista OZ, Lic. en Psicología, especialista en psicodiagnóstico. Cinéfilo.

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