Black Panther: El héroe que la academia necesita

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Black Panther es la décimo octava película del universo cinematográfico de Marvel, protagonizada por Chadwick Boseman, dirigida por Ryan Coogler (Fruitvale Station, Creed) y actualmente se encuentra nominada a siete premios Óscar de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, incluyendo Mejor Película.

Su reparto mayormente afroamericano no tenía precedentes en una película de superhéroes de gran producción, lo que significa un cambio de paradigma en la industria. Sin embargo, debajo del reparto progresivo, se esconde una película pobremente escrita, que si bien posee algunas alegorías interesantes, los recursos narrativos elegidos no son lo suficientemente fuertes para reforzarlas e incluso contradicen las ideas del texto.

Nominada a Mejor Película por la academia

Un prólogo nos revela que hace miles de años, cinco naciones africanas lucharon por un mineral llamado Vibranium, el cual posee propiedades únicas. Un guerrero se convierte en el primer Black Panther tras consumir una hierba afectada por este mineral y logra unir las tribus, siendo Wakanda una de ellas. La historia sigue a T’Chalia, quien hereda el trono y el manto heroico en cuestión, enfrentándose a terribles secretos del mandato anterior.

Gracias al Vibranium, que ha sido manipulado al punto de poder construir cualquier artilugio que la trama necesite y salvar a las personas sin importar el mal que sufra (algo que roba de tensión a toda escena de acción), hacen que Wakanda sea la sociedad más avanzada sobre el planeta.

La premisa tiene cimientos resquebrajados, ya que desde el principio plantea que la nación cerró todo intercambio con el resto del mundo sin dejar en claro el motivo de la negativa a intervenir en los episodios más oscuros de la historia cuando podrían haber salvado a miles de personas, incluyendo esclavos.

Desde el comienzo nos estamos preguntando acerca de la lógica sobre la que los actúan los personajes, para luego descubrir estereotipos que, cuando se los piensa detenidamente, terminan fomentando las ideas dañinas que el público general tiene sobre culturas ajenas.

Black Panther

Uno de los tantos ejemplos de esto es la monarquía constitucional de Wakanda, cuyo rey es el actual Black Panther asistido por un parlamento de funcionarios. El reinado se continúa de generación en generación por integrantes masculinos de la familia del rey o éste puede ser desafiado a un duelo por los líderes de la oposición. Estas luchas son llevadas a cabo al borde de un precipicio donde el perdedor puede caer cientos de metros hacia su muerte, con el resto de la élite alentando, para que luego el ganador comience a gobernar sin cuestionamiento absoluto. Esto no sería tan preocupante si el cambio del status quo interno formara parte de la lucha del protagonista, pero simplemente es un recurso narrativo utilizado para fabricar tensión, olvidando despojar a los personajes del significado creado por estos estereotipos tribales e incluso salvajes, perpetuándose al ser utilizados sin introspección, quizá simplemente porque la historia se desarrolla en África.

Black Panther tiene el potencial de ser una película de superhéroes diferente con alegorías políticas y sociales bien logradas, pero termina siendo un gran ejemplo de que las buenas intenciones por si solas no alcanzan cuando los huecos narrativos dinamitan la metáfora. Incluso hace cuestionar el criterio de la Academia para evaluar la calidad de las películas participantes, pero no me sorprendería que incluirla tenga que ver con el intento de elevar los ratings de las ceremonias que vienen en picada hace años.

Puede que la nominación sea un resto de la propuesta a crear la categoría “Mejor Película Popular” con el fin de atraer al público alienado, cuya idea fue rápidamente abandonada en septiembre del año pasado debido a la obviedad de sus intenciones.

Revista OZ

Lautaro Palacio es colaborador de Revista OZ, Lic. en Psicología, especialista en psicodiagnóstico. Cinéfilo.

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