Música instrumental & Música cantada

“Leer los pensamientos de otros es como tomar las sobras de un banquete al que no fuimos invitados o como ponernos los vestidos que un forastero dejó en casa”

Arthur Schopenhauer.

Canto de las sirenas

La pretensión y la soberbia de esperar siempre aquel prístino y remoto canto de las sirenas podría ahogar una fuerza renovable: la creativa. Una capa más recóndita e interior, en donde quizá se alojen las propias representaciones y emociones.

Ya, aunque parezca torpe y apresurado, habría que tener en cuenta -a los fines prácticos del tema que nos ocupa- qué es lo que es en la quinta esencia del conflicto y tensión en nuestra época entre la música puramente instrumental y la música cantada

¿Qué será lo que atrae o convoca más de la música cantada? ¿Es el timbre y la resonancia de las voces? ¿Es la sensación de proximidad cual si fuese una estrella a la cual se quiere atrapar o ver de cerca? Lo cierto es que la música en su estado instrumental puro, sin alguien que cante o entone sonidos que se entienden como “afinados” -con todo lo que de ello podría discutirse- es menos convocante, algo más árido su terreno respecto a la música “cantada”.

En muchas jam sessions*, la música -ya sea interpretación, versión, compuesta anteriormente o en tiempo real-se ciñe, en general, al género instrumental (con la exclusión de la voz humana); en tales casos, los oyentes parecieran incomodarse ante una información, supuestamente, de procesamiento mediato.

¿No canta nadie?

El interrogante más escuchado, y en general celebrado en los eventos antes mencionados es: “¿no canta nadie?”. Cosa curiosa, ya que ante la música cantada (con letra concreta e independientemente de su frugal o denso contenido), si es que se quiere tener una experiencia completa, la tarea es doble: habrá que dejarse tomar por el campo sonoro total, lo cual incluye a los otros instrumentos intervinientes y a la voz -que por un motivo extraño no suele considerarse un instrumento entre los estudiantes de música-, con su color tonal y su cualidad singular. Eso sin contar la operación de escuchar los significantes que lleguen desde las palabras.

En este punto estoy más de acuerdo con Rousseau que con Schopenhauer;  mientras aquél deseaba que hubiese una simple línea melódica pura, su contemporáneo creía que “…la música no está completa más que en la armonía perfecta. La voz superior que dirige la melodía requiere, para producir todo su efecto, el acompañamiento de todas las otras voces”.

Siouxsie Sioux (cantante de Siouxsie and the Banshees)

Llegado este punto, es necesario preguntarse si la energía y la voluntad dirigidas tienen la suficiente densidad mediante una voz melódica soportada por un peso armónico ya determinado -con más o menos audacias en tanto consonancias y disonancias- y autosuficiente o, quizá, mediante una melodía pura; esto último sería algo falaz debido a que -excepto mediante operaciones tales como la sustracción por síntesis de frecuencias-las melodías que supuestamente contienen sonidos “puros” se encuentran acompañadas de modo fantasmal por la resonancia de sus parciales superiores llamados armónicos. 

Pero ¿qué sucede cuando no se adjudican sonidos contenedores o sillones a ese canto instrumental solitario? De algún modo, se abre otra dimensión; se genera un espacio acústico que -dentro de ciertos límites- estará omnipresente dentro de cada oyente/músico/creador. Así, sucede una actividad soberana y libre, en la cual no habrá más un oyente (en el sentido de audiencia y obediencia que propone Pascal Quignard) sino un presente co-creador, que irá a una zona de borde que invita a ser autocompletada parcial o fragmentariamente y de acuerdo a cada singularidad humana.

Revista OZ

Maxi Canepa es colaborador de Revista OZ, compositor, poeta y educador

 

Deja un comentario