Lo disruptivo en el arte

En el libro titulado “Music”encuentro un hermoso haiku (poema japones): “sin levantar un dedo golpeo el arroz”. Disruptivo como una nube que cambia su forma justo cuando osamos mirarla para determinar alguna imagen. El autor del libro es John Cage -compositor, escritor y pensador-junto a Stockhausen, Schoenberg, Francis Bacon y tantos otros, fue uno de los artistas más visionarios del siglo pasado.

El filósofo alemán Theodor Adorno refiere que los elementos fuertes de la obra de Cage son “…la inclinación hacia el silencio y la carga de sentido de su `aterradora contingencia´”. Cage responde a ello de la siguiente manera: “es como el pensamiento oriental de que cada uno está en el centro… la interpenetración y la no obstrucción”.

Precisamente, si existe una zona por antonomasia en la cual lo árido se convierte en regla, esa es la de la llamada “música contemporánea”; lo primero a revisar es el propio nombre de esa música, a juzgar por su carácter confuso y tramposo. Según el compositor Ricardo Capellano, el concepto más cercano es el de nuevas organizaciones expresivas. El otro aspecto fundamental de la música contemporánea es que carece, precisamente, de fundamental. Rigurosamente hablando de música, se llama fundamental o tónica a un sonido jerárquico, que se impone por insistencia -y que a partir de fines del siglo XIX se va extinguiendo o diluyendo-. En cuanto a las otras artes, lo que presenciamos es una pequeña o lenta muerte de los cimientos que habían sostenido el ideal artístico de Occidente -al menos hasta el siglo XX-. Ese dato duro, de algún modo, vendría a eludir la perpetuación de la frase tan cantada con plena seguridad durante todo acto patrio: “sean eternos los laureles que supimos conseguir”.

Photo of American composer John Cage, Wayzata, Minnesota 1973. Copyright JAMES KLOSTY.
Estética, antiestética, antiética

Luis Felipe Noé, artista plástico argentino, editó en 1965 el libro “Antiestética”. Allí, el pintor se pregunta acerca del rol de las artes y de los artistas; protegido por el encauce general de los movimientos artísticos y literarios de aquellas décadas, escribe lo siguiente: “…la sociedad necesita de eso que llaman belleza, pero, al mismo tiempo, no quiere que la belleza la sorprenda en forma absoluta. Puede confundirla con la fealdad”.

Hace precisamente cien años, Marcel Duchamp expuso un urinario, proponiendo un concepto disruptivo para la sociedad francesa de 1917. El concepto se llamó readymade (Rama del arte que revaloriza o dignifica objetos cotidianos) y, sin temor a exagerar, sentó algunas bases para propuestas escénicas incluso actuales.

Si pensamos en lo disruptivo también como aquello que es inadecuado o inoportuno, podremos acercarnos a esa sensación extraña, provocada cuando algo se presenta sin que podamos siquiera anticiparlo toscamente. Sirva como ejemplo el gesto que tuvo el músico Eduardo Mateo cuando, en medio de su propio concierto, anunció al público que “ahora viene un solo de guitarra”. Acto seguido, se bajó del escenario, dejando la guitarra sola sobre la silla.

En cualquier caso, lo que cabe preguntarse -y no responder de inmediato- es: ¿Qué artistas somos en el siglo actual y más precisamente en este momento en el que escribo esta nota?

Las constantes disrupciones artísticas y generacionales exigen una percepción panorámica del asunto.

Por último, leamos nuevamente a Noé. En estas líneas, el pintor pareciera bordear la infatigable búsqueda que todo artista debería tener:

“…el niño persigue las cosas y éstas siempre se le van escapando. Cuanto menos se le escapan, cuanto más fiel es a lo que buscó, el niño siente la misma sensación que al aprehender una mariposa en vuelo con toda la mano: que se le murió”.

“Luis Felipe Noé. Mirada prospectiva”, en el Museo Nacional de Bellas Artes“ Foto: Ministerio de Cultura de la Nación

Revista OZ

Maxi Canepa es colaborador de Revista OZ, compositor, poeta y educador

 

 

 

 

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