Testigo de la muerte de María Antonieta

Me fue encomendado presenciar la muerte de María Antonieta de Austria, ejecutada el 16 de octubre de 1793. Como iniciado en los viajes documentales no me pareció que fuera el hecho más destacado para documentar, pero haber estado allí cambió todo preconcepto que pudiera tener. Solicité que se me enviase al 14 de octubre del año mencionado, a fin de poder presenciar también el juicio de María Antonieta ante el Tribunal Revolucionario.

Durante largos años recibí el más riguroso entrenamiento. Supe cada expresión, cada costumbre, logré perfeccionar mi acento, practicar las construcciones verbales típicas. Fui vestido meticulosamente como un parisino. Se ocuparon de mi barba y mi pelo, se ocuparon de que mis dientes quedaran debidamente amarillos. Viajé al alba.

El primer pensamiento que atravesó mi consciencia durante esta experiencia extraordinaria fue sobre las limitaciones de la Historia. Los datos que había acumulado no habrían podido reproducir lo que atestiguaban mis ojos, lo que me asaltaba la nariz e invadía mis oídos. Senderos grises, barro, olores que jamás había imaginado, un ruido que, en comparación con el nuestro, se parecía al silencio.

Me uní a las masas en el Tribunal. María Antonieta de Austria ingresó escoltada. Era alta, bella incluso en aquel estado deplorable. Las declaraciones del Tribunal, la expectativa de los oyentes que proferían clamores revolucionarios a cada instante, evidenciaban que la sentencia a muerte era inminente e ineludible. Pude distinguir las expresiones duras del Delfín mientras declaraba contra su madre, acusándola de haberlo iniciado en pervertidos juegos sexuales; a través de los ojos llorosos parecía pedirle perdón. Dijo ella, en su defensa, y cito: “La naturaleza rechaza semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las madres presentes en la sala”. Momentos después fue declarada enemiga de la nación francesa y sentenciada a muerte por guillotina. Salí de allí conmocionado.

Maria Antonieta
Marie Antoniette Executior

Me hospedé en una residencia en los suburbios de París. Al día siguiente salí a recorrer la ciudad. Allí se erigirá un día la Torre Eiffel, me dije, mientras recorría Campo de Marte. Aquí el Arco del Triunfo, pensé, y recordé que sería comenzado a trece años de aquella fecha, en 1806, por orden de Napoleón. De la Bastilla quedaban penosas ruinas. Recorrí la plaza de la Revolución, un grupo de carpinteros trabajaban el cadalso, el filo de la guillotina refulgía al sol. Por un momento quedé atrapado en la paradoja de que al día siguiente iban a ejecutar una mujer que había muerto hacía 250 años.

No fue grato mi primer viaje documental. Ya no podría creer en la Historia, sus datos y hechos, no porque fueran inexactos sino porque carecían del factor humano que los hace lo que son. La distancia entre contar condiciones de vida y experimentarlas me resultó abismal. La Historia es limitada e irresoluta.

La mañana del 16 de octubre me encontraba entre la multitud de la plaza. La vi caminar hacia las escaleras, abucheada por el gentío. Para ellos no era una mujer sino un símbolo del despotismo, un emblema de valores viejos destronados por los nuevos. Subió los primeros escalones, se tropezó y pisó al verdugo, juro haberla escuchado decir “disculpe, señor, no lo hice a propósito”. Volvió a perturbarme la idea de que esa mujer que iba a morir había muerto hacía 250 años. En la plaza rondaba el sentimiento de que su muerte traería consigo el fin de la revolución, el ansiado triunfo. Acaso sería yo el único que sabía lo contrario. Cayó la guillotina en un golpe seco y veloz, la algarabía del público no alcanzó a cubrir el sonido del corte, que ya jamás podré olvidar.

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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