Literatura: No existen inverosímiles

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Mi nombre es Jerónimo Heredia. Soy escritor, lo he sido toda mi vida, uno que hasta se hizo amigo personal de los escasos lectores que le siguieron todos estos años. Mi nombre no importa. Bueno, supongo que tampoco importaron mucho mis escritos. Pero de algo estoy seguro, esto que a punto estoy de narrar será mi mejor relato, no por la calidad de la prosa, esa ha sido más o menos siempre la misma, sino por el valor de una anécdota que duró más de treinta años.

Pocos sabrán que mi carrera como escritor comenzó a mediados de los cincuenta. En el 55, para ser específicos. Siempre escribí ciencia ficción; era muy, muy amigo de Verne y Bradbury. A los veintiuno gané un premio literario en la pequeña ciudad donde vivía, y a partir de entonces, envalentonado por las críticas y los aplausos, no me detuve jamás. Tres años después, una importante editorial publicó mi primera novela (no daré el nombre porque un poco me avergüenza, sois libres de averiguarlo por su cuenta); trataba de viajes en el tiempo, dramas entre amantes de distintas eras, y cosas por el estilo. La verdad es que no tuvo el éxito que esperaba; todavía era muy joven, pensaba que al día siguiente de la publicación cruzaría a la gente por la calle leyendo mi libro mientras caminaban, como hacen hoy los jovencitos (y no tanto) con sus aparatos electrónicos. Pero en vez de decepcionarme, hice el doble de esfuerzo. Sin descanso trabajé en mi siguiente novela, todavía más ambiciosa que la primera. Llegaba del Banco y a veces escribía hasta entrada la madrugada. Un año y medio tardé en presentarla en la editorial, allá por el 60´, que gustosamente aceptó el manuscrito y quedó en comunicarse conmigo.

Habrán transcurrido no más de veinte días cuando fui citado a las oficinas ubicadas en la ciudad capital. Allí me esperaban tres importantes representantes de la editorial. Me comunicaron que habían leído la novela y que la habían estado discutiendo. En resumidas cuentas, trataba de un robot que luchaba contra la nueva ley promovida por el Gobierno para mantener separados a los humanos y los “no-humanos” en el espacio público, produciendo así una ola de discriminación, juicio y marginación a las máquinas. Aquel robot intransigente, llamado “Mandala” porque llevaba en su carcasa el símbolo budista, fue enviado a prisión por veinticuatro años, pero desde allí continuó su lucha y cuando al fin salió se convirtió en un gran libertador.

Los representantes de la editorial me dijeron que aceptaban publicar el manuscrito sólo si se modificaban ciertas cuestiones. “Veinticuatro años de cárcel es demasiado tiempo. Nada se mantiene tanto, y menos entre barrotes. Deben ser cinco años, a lo sumo ocho”, me dijeron, lo recuerdo como si los escuchara. Me quejé, les dije que los veinticuatro años eran para desarrollar todo el proceso vivido en la cárcel, proceso que luego lo llevaría a ser libertador y vencer al Gobierno. Me dijeron que era inverosímil, esa misma palabra usaron. Como no accedí a sus condiciones, me devolvieron gentilmente el manuscrito. Recuerdo que aguante las lágrimas hasta alcanzar la vereda.

Precisamente el 11 de febrero de 1994, cuando se cumplían cuatros años de la liberación de Nelson Mandela, me llegó una carta. No llevaba remitente. La letra era irregular, de pulso débil. Nada más decía: “Perdóneme, Heredia. Tenía usted razón. No existen inverosímiles”.

 

Liberan a Nelson Mandela
11 de febrero de 1990, Nelson Mandela es liberado, luego de estar 27 años en prisión, sostuvo la mano de su esposa Winnie en frente de las multitudes y la prensa. El acontecimiento se transmitió a nivel mundial.  Imagen by Alexander Joe/AFP

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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