Literatura: Los confabulados del 24 de marzo

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Discutió con su padre, cerró de un portazo y salió en la moto a recorrer sin rumbo las calles de Buenos Aires. Era la noche del 23 de marzo de 1976. No lo vio, o no lo quiso ver; la moto quedó incrustada contra el tren delantero del automóvil, vio las luces y peatones desde el aire hasta que se perdió en la negrura del sin sentido.

Recibió aterrada la noticia del uniformado, que estaba en coma, indefinidamente, algo intuía ella gracias a ese vínculo esotérico que tienen las madres con sus hijos.

Lo visitaban todos los días; ella, su marido, los dos hermanos pequeños que se dormían en el regazo de los padres. Le hablaban durante todo el horario de visita, nada de llantos y tristeza, eso quedaba reservado para la exclusividad del hogar, le hablaban de las cosas que harían juntos una vez saliera del hospital, los eternos mensajes de sus amigos, afuera siempre hubo un sol radiante que lo esperaba exclusivamente.

Con el paso de los meses alternaron las visitas; su madre estaba casi siempre a su lado, a veces los abuelos, los tíos, su amigo de la infancia, su padre que pedía salir antes del trabajo para sentarse junto a la cama con los ojos de culpa pero la voz alegre y optimista.

Cuatro años transcurrieron. La madre esperaba que llegaran los abuelos para salir al hospital. Le contaba historias detrás de innumerables fotografías familiares y acomodaba la cruz sobre la cama, que siempre amanecía torcida.

-Papá no pudo venir, pero te manda saludos- le decía, día tras día, año tras año, con una sonrisa que le temblaba.

Despertó el 24 de marzo de 1984. La alegría se desplegó desde el pasillo del hospital hasta las calles, barrios y hogares. Los abuelos ya no estaban, algunos amigos tampoco, fueron los hermanos, crecidos ya, la madre que lo cubrió entero de besos y abrazos, tíos, vecinos y reporteros.

La madre decidió esperar a que estuviera de vuelta en casa. Se sentaron a la mesa de la cocina, como pudo le narró los años de ausencia, lloraba ante cada palabra y recuerdo. Aquel lastimero discurso en el que mencionó Campo de Mayo, La ESMA, los vuelos de la muerte, varias veces la cifra treinta mil y la palabra desaparecidos, el miedo, el dolor, la incertidumbre de un mañana, bebés en brazos ajenos, la muerte, complicidad y desmesurado odio, fue nada más que un preámbulo para explicarle que a papá se lo llevaron en septiembre del 77, y buscó el calor de sus brazos pero él, que había escuchado atentamente el relato, dio un paso atrás y le dijo que mentía, que había inventado aquella historia siniestra e inverosímil para encubrir que su padre al fin los había abandonado.

La madre, petrificada, no dijo una palabra. A quién se le ocurre improvisar algo así, decía él, furioso. Subió las escaleras, se enojó igual con los hermanos que repitieron el discurso; en la vereda, preguntó atolondrado al primer peatón que respaldó el relato; en la carnicería, en la iglesia y la escuela asentían con la mirada al suelo. Pensaba que todos estaban confabulados, que reproducían una horrenda ficción para esconder una horrenda verdad. Nunca lo creyó, ni a su madre, a sus hermanos, ni a su futura esposa, tampoco a los libros de historia. Lo negó hasta el día de su muerte.

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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