Literatura: La cuna de la humanidad de Rodrigo Tisnés

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 “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos vivir para siempre en una cuna”.

Konstantin Tsiolkovski.

En el principio, miles de millones de años antes de la creación del tiempo, el planeta que sería llamado Tierra era otra roca estéril. La tercera que giraba en torno a una estrella joven, débil y amarilla, en un rincón perdido del Universo, continuamente barrida por los rayos cósmicos, y golpeada con furia celestial por miles de meteoritos.

Sin embargo, en un momento, algo sucedió. En ese ambiente inhóspito, yermo y desierto, surgió una chispa, en la forma más insignificante e insospechada posible: una simple molécula orgánica, pero con la asombrosa capacidad de autorreplicarse. Y esta chispa primigenia generó una colosal hoguera de vida en ese tercer planeta, que no pudo ser detenida por ningún tipo de cataclismo. Ni la congelación ni el calentamiento extremo, ni el bombardeo cósmico, ni la descontrolada actividad volcánica, ni el feroz colapso de supercontinentes, ni la inversión de los polos magnéticos, pudieron poner fin a la delicada complejidad de la vida.

Por eones prosperaron las bacterias, arqueas y estromatolitos, que desarrollaron mecanismos de fotosíntesis y llenaron la atmósfera primordial de oxígeno, lo que a su vez posibilitó la expansión de las eucariotas, y a partir de ellas, los primeros organismos multicelulares. A las algas, siguieron los primeros invertebrados, luego los vertebrados, y cuando las primeras plantas consiguieron asentarse en la tierra, la vida definitivamente enraizó en las entrañas del planeta.

Llegó el reino de los arcosaurios, y entonces los dinosaurios fueron la especie dominante por cientos de millones de años en tierra, agua y aire, hasta que otro meteorito se dio contra el planeta, dándoles su oportunidad a los mamíferos.  Entre estos surgieron los llamados primates, y dentro de ellos los homínidos.

Una de las especies se adaptó al andar bípedo en forma permanente. Esta forma de andar le permitía a este ser liberar dos de sus extremidades para tomar objetos, ahorrar energía, y poder observar mejor el paisaje. El siguiente paso dado por este animal fue comenzar a construir sus propias herramientas, con huesos, con piedras y con ramas, y con esta habilidad el tamaño de sus cerebros aumentó, al tiempo que su fortaleza física comenzó a menguar.

Entonces, un día, sucedió la segunda maravilla en este largo e intrincado relato de la evolución: un individuo de esa especie se dio cuenta que podía emitir sonidos inteligibles y modularlos por su boca, y otros se dieron cuenta con él, y así crearon el habla. Y junto a ella aumentó significativamente su inteligencia, porque como una enredadera, sobre el lenguaje se fue montando toda una estructura de símbolos e imágenes compartidos, que les permitía comunicar los conocimientos acumulados generación tras generación: la forma de pulir la piedra para construir herramientas, las mejores maneras de cazar las distintas presas, donde estaban las mejores aguadas, que frutos eran comestibles, para que servía cada planta, como hacer y mantener el fuego. Pero también se dieron cuenta que podían comunicar otras cosas: si tenían miedo, alegría, enojo, tristeza, soledad, hambre, sueño. Al principio, y al igual que con los conocimientos, hacían pantomimas para explicarse, pero a medida que fueron especializándose en el manejo del habla, comenzaron a inventar sonidos, tanto para lo que podían señalar con el dedo, como para lo que no podían… y con más razón a estos últimos. Y esos sonidos se convirtieron en palabras.

Junto a las palabras, inventaron otras cosas, como las historias, los mitos, los dioses, la pintura, y el tiempo, que les servían para explicar e interpretar el mundo. Porque pronto, en su inteligencia, se percataron que nacían, crecían, se reproducían, y morían. A algunos pocos, incluso, se les llegaba a arrugar la piel y el pelo les quedaba totalmente blanco antes de morir, y a esto llamaron “envejecer” porque les pareció apropiado.  Y abriendo los ojos asombrados, también se dieron cuenta que el día y la noche se sucedían a intervalos regulares, y las estaciones del año, y que también las plantas y las otras especies parecían repetir el ciclo de nacimiento, vida y muerte.

Pero notaron que las otras especies, sus hermanas, no parecían notar el paso del tiempo. Entonces se sintieron distintos, diferentes. Por primera vez experimentaron angustia y ansiedad. Se sintieron ajenos al mundo inmortal de las otras especies y tuvieron envidia de ellos. Tanta, que para vengarse les inventaron un nombre: desde ese entonces serían “animales”, porque solo un animal es incapaz de ser consciente de su propia mortalidad.

Desde ese instante, y por aproximadamente dos millones de años –milenio más, milenio menos- el Ser Humano, convertido en el rey pensante de ese planeta-hogar al que llamó Tierra, se fue desarrollando: domesticó animales, cultivó plantas, levantó ciudades, fabricó nuevas herramientas, creó nuevas lenguas, inventó la escritura, la moneda, religiones, la filosofía, la ciencia, el arte… y el amor. Se reprodujo con pasión, y se expandió por casi toda la tierra.

Pero también se convirtió en un rey abyecto y arbitrario, que con ira forjó las armas con las que se mató con renovado fervor en incontables guerras; con lujuria esclavizó y torturó a otros seres humanos, con envidia discriminó con fanática fogosidad al distinto, con gula exterminó pueblos y civilizaciones enteras, con avaricia  expolió y sobre explotó recursos naturales, con soberbia extinguió especies animales y vegetales, y por pereza contaminó tierras, ríos, lagos, lagunas y mares.

No obstante, más allá de toda su civilización, de sus logros y miserias, nunca en todo ese tiempo desde que comenzó a caminar en dos pies, dejó de mirar el cielo con ojos de niño, poblando al cielo estrellado de asombro, dioses, sueños y poesía. Fijando allí sus esperanzas más infinitas.

Por ello, es que aquel 20 de julio de 2034, en que por video conferencia global, las autoridades de casi todo el mundo reunidas en Asamblea, y gordas de orgullo, anunciaron la inauguración del primer asentamiento humano permanente extra-terrestre, la Base Lunar Armstrong, un científico consultado acerca de la importancia del hecho, lo resumió como: “el gateo inicial de un bebé que, que así comienza a independizarse, saliendo de los confines de la cuna que hasta entonces era su mundo”.

Revista OZ

Rodrigo Tisnés es colaborador de Revista OZ, nació en Rocha, Uruguay, escritor, periodista, estudió ciencias políticas, coordina un taller literario en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA.

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