Literatura: El reto de Thor Heyerdahl

Corre marzo de 1947. El antropólogo noruego Thor Heyerdahl le pide a su colega que deje de gritar y cierre la puerta del despacho. Se conocen desde las primeras asignaturas en la Universidad de Oslo. Thor escucha atentamente las recriminaciones con la pera apoyada en la mano extendida. Se defiende, le dice que la teoría es concluyente: los indios americanos pudieron haber colonizado las Islas del Pacífico, y que presentaría el informe con su apellido o sin él. El colega se queja, golpea el puño contra la pared repleta de diplomas; le dice que son especulaciones lunáticas, retira un mapa del bolsillo y desplaza el dedo índice repetidas veces en el océano pacífico repitiendo la cifra siete mil kilómetros. Heyerdahl sostiene que no hay evidencia para negarlo, recibe como respuesta que tampoco para afirmarlo, y antes de escuchar el portazo es tratado de megalómano serial necesitado de reconocimiento.

Es 28 de abril, desde el puerto de El Callao, Perú, Thor Heyerdahl mira la línea perfecta del horizonte sobre el océano pacífico. En la arena yace Kon-Tiki, la balsa así llamada para la expedición. En ella caben seis hombres. Se trata de una pieza marítima trabajada con troncos de madera, cuerdas y materias primas autóctonas de América del Sur. A lo alto de los mástiles rústicos flamean las banderas de Noruega, Suiza, Perú, Estados Unidos, el Reino Unido e Italia. Una vela rojiza convencerá los vientos, en el centro una casilla modesta los amparará del frío y la lluvia. Alrededor de la embarcación, reporteros, vecinos y familiares esperan ansiosamente la partida titulada “demencial osadía”-entre otros-  por periódicos de todo el mundo. Llega la hora. Thor Heyerdahl es el primero en subir, lo siguen cuatro compatriotas y un sueco, todos antropólogos trabajosamente convencidos por el primero para la travesía que cambiaría, en caso de resultar exitosa, las nociones ecuménicas sobre razas y culturas. Parten; una niña los saluda con un pañuelo blanco desde el médano más alto.

El altamar termina confundiendo los días, los cambia de lugar como un prestidigitador la bola en el vaso. Se alimentan sólo de aquello que les ofrezca el océano. Presencian olas como bocas gigantes, quisquillosas lluvias, la alfombra azulada infinita, nubes multiformes que les recuerdan a seres queridos. Monotonía los acompaña, callada, tímida en un rincón de la balsa.

Menguan las fuerzas casi tanto como las expectativas. Son efímeros los sueños aguachentos bajo las perlas fastuosas del firmamento. Thor Heyerdahl, impertérrito, los convence de que lograrán la hazaña, tal como lo habían hecho los nativos del sur americano.

Día 101. Los calendarios de la civilización resaltan el rectángulo del 7 de agosto. La balsa detiene su incansable deslizar en unos arrecifes de coral en la Isla Raroia de la Polinesia. Todos besan la arena blanca, arrodillados; todos menos Thor Heyerdahl, que hunde los pies en la playa, levanta la vista al cielo y sonríe, acaso dichoso de haber superado el reto.

Thor Heyerdahl
Thor Heyerdahl

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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