Literatura: El 18 de marzo y la Cédula Real

Siempre fui una persona que cuidó de sus zapatos; dicen que es indiferente qué tan elegante vaya uno vestido, si los zapatos no están presentables se desmorona toda la figura. Por ello los lustro, los guardo a cada uno en su debida caja, elijo cuándo usarlos y por qué, abro bien la persiana por la mañana para decidir qué color he de usar según la claridad del día. Los conservo lo más que puedo porque uno va por la vida con los zapatos puestos, y de ellos dependerá la firmeza de la pisada.

Vivo en Jaramillo Quemado, un tranquilo pueblo de Burgos, España. Somos cuatrocientos habitantes aquí. Hay escases de profesiones, como es sencillo imaginar. Yo, por dar un ejemplo, soy el único contador.

Manolo, el zapatero del pueblo, es negligente, mal educado y un aprovechador. Le he llevado una decena de zapatos. Cinco de ellos debí enterrarlos (los zapatos no se tiran, se entierran, como las personas, para que al fin descansen después de tanto deambular). Los estira, los desgasta, utiliza materias primas de pésima calidad, y para colmo los precios los inventa sobre la marcha. Todos aquí los respetan porque su tátara abuelo fue uno de los fundadores del pueblo. Lo saludan, lo abrazan, se ríen con él y le dan ofrendas. Pareciera que soy el único que advierte su oportunismo.

Zapatero

Ese sábado 18 de marzo parecía cualquier otro. Hacía correr las hojas del periódico, indiferente, cuando me topé con la sección cultural y un dato histórico que llamó mi atención. Aquella misma fecha, pero en 1783, el Rey Carlos III había promulgado una Cédula Real en la que decretaba que, en adelante, trabajar no sería un deshonor. Continué leyendo. Por aquella época, me enteré, ciertos trabajos manuales eran motivo de vergüenza, por eso los ciudadanos preferían la pobreza antes que cargar la ignominia de realizarlos. Lo que colmó mi entusiasmo fue que entre aquellos oficios estaba el de zapatero.

Pasé la tarde entera realizando llamadas. Supe, después de mucho indagar, que la cédula real permanecía tras las vidrieras de un museo en Madrid. Salí con el crepúsculo y llegué a la Capital de madrugada. Me hospedaron con mala cara en una modesta hostería.

Rey Carlos III
Rey Carlos III

A las ocho de la mañana ingresé al museo. Llevaba solo un sombrero ancho. Fue sencillo oprimir la alarma; no lo fue tanto romper el vidrio (me corté la mano) y salir de allí sin que nadie lo notara. Las gotas de sangre hicieron un sendero hasta la entrada. Encendí el coche cuando ya se oían las sirenas aproximándose. Me detuve junto a la carretera, en un campo de siembra, a mitad de camino entre Madrid y Burgos. El viento incesante me impedía prender los fósforos, tuve que hacer varios intentos hasta que las hojas añejas de la Cédula comenzaron a retorcerse en las llamas.

Real Cédula
Real Cédula

Llegué a Jaramillo Quemado a media tarde. Estaba exhausto.

A la hora me despertó el tumulto en la calle y el olor a humo que entraba por la ventana abierta. Salí, refregándome los ojos. Seguí a la gente, la nube de humo cuadras más allá. El pueblo entero se encontraba allí; en medio de insultos y verduras al aire, el zapatero lloraba desnudo sobre la calle, arrodillado y con la frente en el suelo, su piel se tostaba con las feroces llamas de su propio negocio.

Revista OZ

Ivo Marinich es colaborador de Revista OZ, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA, escritor.

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