Elogio de la ira: Infiernos cotidianos

Dando saltos frenéticos unas veces y otras subyaciendo como relámpagos debajo de un río, la ira se desenhebra. Ella aparece ante nuestros ojos diferenciada en una amplia  gama de matices.  Mancillada y oscurecida  se refleja en las caras que acusan a un asesino o se encumbra poderosa y sigilosa entre las aspas violentas de un reclamo popular.

La mirada servil de los acidulados seguidores de la moral y la hipocresía patentada, opina que la Ira debe ser repudiada, cuando no, corregida desde la más temprana infancia. En los cuentos de niños detrás de la dulce mirada curiosa de las amorfas reinas se esconden los fantasmas de una ira profunda y visceral. La madrastra de Cenicienta, por ejemplo, no oculta la llaga de su brutal mordida cuando avecina la imagen de la dulcinea a su hiriente corazón enfermo.

El odio abrumador de la envidiosa bruja que acecha a Blancanieves y su manzana jugosa de venenos emprendiendo el fruto adorado como lazarillo fiel, muestra bestial  la ira encumbrada de la malvada. Siempre hay un algo, un otro, que causa profunda sensación de fastidio, molestia, angustia y enojo. Abundan los motivos, los reales o imaginarios. Una faceta más de nuestra mirada salvaje….o no tanto.

Bruja de Blancanieves by Wikia

La ira disimulada

Las historias de la tradición oral o escrita arrojan moralejas más o menos potables que intentan ajustar la faja de las buenas costumbres. No se alejan los cuentos de la realidad cotidiana. Nunca lo hicieron. Es preciso distinguir que en ellos se manifiestan finales impecables a diferencia de nuestra mancillada vida de todos los días.

También existe una faceta silenciosa y solapada que resguarda a la ira disimulada. Esta se parece mucho a la mueca gentil y forzada de las respuestas diplomáticas. Muchas son las veces en que se obliga a callar, sofocar los enojos extremos en un ahogo que enferma y aturde.

Niña con ira

La maquinaria de la Educación institucionalizada rescata las ideas del imaginario popular y las habilita en función de sus propios intereses. Es muy común doblegar el ímpetu en los niños. Ellos materializan de la forma más veraz y auténtica los impulsos violentos. Fuera de toda lógica, enceguecidos por el asunto que los aturde se arrojan sobre el otro que los fastidia, pegan y acusan a grito pelado. En los patios escolares se impone la restricción a cualquier manifestación violenta ajustando el traje de la princesa hasta la asfixia. Encorsetando las acciones, avergonzando al insurrecto. Pero a los mayores se les da permiso; permiso de gritar y estallar en correctivos, permiso de hermanarse con los iracundos.

Mujer que grita

Yo recuerdo a mi abuelo. A los hilos impetuosos de su mirar atento. La maravilla de sus palabras desplegadas en auras de reuniones familiares.  Cómo sencillamente se instituía en rey de las veladas y dejaba resonar uno por uno los cuadros de su presencia en todos y cada uno de nosotros. Manejaba la ira y sus acechos de manera lógica, los encauzaba en defensa de los vecinos más despojados, llegaba al límite de las discusiones peleando por los derechos de sus amigos canalizando una furia violenta que le servía de motor para avanzar en sus trajines diarios. Así  se libraba al arranque iracundo de todo pecado. Cerca de las miradas que velan la lógica de las familias, la de mi abuelo y su entorno es sólo una imagen más de las fotos cotidianas de furia legalizada. No siempre la ira va en desmedro de la revelación de dones sino que  defiende del silencio que estalla astillas vidriosas de dolor infernal. Ella misma justifica su aparición en función de limpiar la casa interna de lágrimas secas ulteriormente cristalizadas en  sales ponzoñosas.

Revista OZ

Paula Eisenberg es colaboradora de Revista OZ, escritora, coordina el taller de arte ¨El ojo fantástico¨, realiza trabajos de redacción y corrección literaria.

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